Año I

Barcelona 15 Abril de 1898

Num. 6

INMUTABLE

AMOR

PAZ

CARIDAD

BONDAD

MISERICORDIA

JUSTICIA

SIN VELO
EL JESUITA BLANCO, FILOSÓFICO, NATURAL, DEFENSOR
DEL DEÍSMO Y CRISTIANISMO VERDAD

Número 10 cénts.

Publicación quincenal

Número 10 cénts.

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Redacción: Abaixadors, 3º 1ª
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LOS HIJOS DE MARIA
JERUSALÉN Y ROMA
(Continuación)

A la muerte de Gregorio VIII los cardenales se dividieron en cinco partidos. El cardenal de Montalto (así se llamaba al que había de ser Sixto V), a la sazón con la cabeza inclinada apoyándose en su bastón, como si no tuviese fuerzas para sostenerse, hablando con voz débil, interrumpida a menudo por una tos que parecía que iba poner fin a sus días, tenía el exterior de un anciano que sucumbe al peso de los años.

Cuando se le notificó que pudiera ser muy bien que la elección recayera sobre él, contestó con humildad que era indigno de tan grande honor, que su vida, quizá, sería menos larga que el mismo Cónclave, que carecía del suficiente talento para encargarse por sí del gobierno de la Iglesia, dejando entrever la decisión, si acaso era elegido, de llevar no más que el nombre de Papa, dejando a otros la autoridad.

No se necesitaba más, dice el diccionario histórico, para determinar a los cardenales a elegirlo, como lo efectuaron el 24 de Abril de 1585.

Apenas se hubo apoderado de la codiciada tiara, que abandonó toda hipocresía, y presentándose tal cual era, tiró el bastón sobre el que tantos años se había apoyado, irguió la cabeza y entonó el Tedeum con voz tan firme, que retumbó sonora por la bóveda de la capilla.

Al salir del Cónclave andaba tan ágil y daba las bendiciones con tal aire y viveza, que el pueblo no comprendía cómo aquél podía ser el mismo de poco antes. Al felicitarle el cardenal de Médicis, le respondió Sixto V: "No os admiréis de eso; antes iba yo buscando las llaves del Paraíso, y para mejor encontrarlas era preciso bajar la cabeza; pero desde que están en mi poder miro sólo al cielo, no teniendo necesidad alguna de las cosas de la tierra".

Menos honor que ese cinismo le hace la Bula que lanzó contra Enrique III, causa sin duda de su muerte violenta, y menos aún que la Bula, la aprobación solemne que dio al crimen detestable de Jacobo Clemente, asesino del referido Enrique.

Ahora bien; aquellos cardenales que se dejaron engañar en un asunto de tanta trascendencia, ¿es posible que el Cónclave estuviera representado por el Espíritu Santo ni por Jesucristo? No lo parece; pero debía estarlo si en realidad se fuese a nombrar un representante suyo; mas no es posible que lo estuviesen cuando tal representante aprueba los crímenes y los ensalza.

JUAN XXIII

Este Papa había empezado su carrera por ser corsario; luego fue legado de Polonia y demostró en ese cargo que su comportamiento de baja esfera no desdecía del que observara en alta mar.

Este soberano que oportunamente utilizó la muerte de Alejandro V, conquistó la tiara en 1410, donde juró que renunciaría al Papado siempre que lo renunciasen igualmente Gregorio XII y Benedicto XIII, juramento que ratificó en 2 de Marzo de 1415. Sin embargo, después se arrepintió, marchándose a la ciudad de Sechaffansen. Habiendo sido preso por orden del Concilio, éste le formó el correspondiente proceso. Allí se le acusó de haber vendido beneficios y reliquias, de haber envenenado a su antecesor y echo asesinar a otras personas. Se le imputaron, además de los referidos, otros excesos, tales como el de una desenfrenada lujuria, los de blasfemo, impiedad y sodomía; por todo lo que fue depuesto, permaneciendo en la cárcel hasta el cabo de tres años, que salió para reconocer a Martín V.

¿Y un Papa perjuro, un Papa reo por los varios delitos porque fue acusado y condenado Juan XXIII, pudo ser otra cosa que un gran delincuente? Su alma manchada con culpas tan torpes, tan enormes, tan atroces, ¿pudo ser al propio tiempo un alma pura, alma inmaculada, inspirándose en el puro Espíritu Divino? No. Nosotros sabemos por experiencia propia que las almas que están tan encenagadas en los vicios y maldades como las que nos ocupan, rechazan el amor, paz y caridad hacia sus semejantes, y por lo tanto, al espíritu de Dios y el Cristo, y por tanto sólo pueden inspirarse en el demonio cual son ellos mismos, como queda demostrado con el orgullo, egoísmo y vanidad que representan; mas ¿cree la humanidad que son estos solos los sacerdotes católicos que han obrado de tal modo y aún peor? En tal caso, pronto podrá salir de tal equivocación por los datos históricos que le iremos apuntando, dignos discípulos de los maestros aludidos y otros muchos que quedan por aludir, procuran hacer muy buenos a sus maestros con la más refinada hipocresía.

Suspendemos por corto intervalo la revisión de la historia de Papas, para dar a la publicidad el discurso que pronunció un señor Obispo en el último Concilio habido en Roma, como testificación de ser verdad lo expuesto arriba, que dice así:

DISCURSO DEL OBISPO STROSSMAYER
VENERABLES PADRES Y HERMANOS:

No sin temor, pero con una conciencia libre, tranquila ante Dios que vive y me ve, tomo la palabra en medio de vosotros en esta augusta asamblea.

Desde que me hallo sentado aquí con vosotros, he seguido con atención los discursos que se han pronunciado en esta sala, ansiando con grande anhelo que un rayo de luz, descendiendo de arriba, iluminase los ojos de mi inteligencia, y me permitiese votar los cánones de este santo Concilio Ecuménico con perfecto conocimiento de causa.

Penetrado del sentimiento de responsabilidad, por lo cual Dios me pedirá cuenta, me he puesto a estudiar, con escrupulosa atención, los escritos del Antiguo y Nuevo Testamento; y he interrogado a estos venerables monumentos de la verdad para que me diesen a saber si el santo Pontífice, que preside aquí, es verdaderamente el sucesor de San Pedro, Vicario de Jesucristo, e infalible doctor de la Iglesia.

Para resolver esta grave cuestión, me he visto precisado a ignorar el estado actual de las cosas, y transportarme en imaginación, con la antorcha del Evangelio en las manos, a los tiempos en que ni el ultramontanismo ni el galicanismo existían, y en los cuales la Iglesia tenía por doctores a S. Pablo, S. Pedro, Santiago y S. Juan, doctores a quienes nadie puede negar la autoridad Divina sin poner en duda lo que la Santa Biblia, que tengo delante, nos enseña, y la cual el Concilio de Trento proclamó la regla de fe y de moral.

He abierto, pues, estas sagradas páginas; y bien, ¿me atreveré a decirlo? Nada he encontrado que sancione próxima o remotamente la opinión de los ultramontanos. Aún es mayor mi sorpresa, porque no encuentro en los tiempos Apostólicos nada que haya sido cuestión de un Papa sucesor de S. Pedro y Vicario de Jesucristo, como tampoco de Mahoma que no existía aún.

Vos, Monseñor Maunig, diréis que blasfemo; vos, Monseñor Pío, diréis que estoy demente. ¡No, monseñores; no blasfemo ni estoy loco! Ahora bien; habiendo leído todo el Nuevo Testamento, declaro ante Dios con mi mano elevada al gran Crucifijo, que ningún vestigio he podido encontrar del Papado tal como existe ahora.

No me rehuséis vuestra atención, mis venerables hermanos, y con vuestros murmullos e interrupciones justifiquéis a los que dicen, como el Padre Jacinto, que este Concilio no es libre, porque vuestros votos han sido de antemano impuestos. Si tal fuese el hecho, esta Augusta Asamblea, hacia la cual las miradas de todo el mundo están dirigidas, caería en el más grande descrédito.

Si deseáis que sea grande, debemos ser libres.

Agradezco a su excelencia Monseñor Dupanloup el signo de aprobación que hace con la cabeza. Esto me alienta y prosigo.

Leyendo, pues, los santos libros con toda la atención de que el Señor me ha hecho capaz, no encuentro un solo capítulo, o un corto versículo, en el cual dé a San Pedro la jefatura sobre los Apóstoles, sus colaboradores.

Si Simón, el hijo de Jonás, hubiese sido lo que hoy día creemos sea Su Santidad Pío IX, extraño es que nos les hubiese dicho: --"Cuando haya ascendido a mi Padre, debéis todos obedecer a Simón, Pedro, así como ahora me obedecéis a mí. Le establezco por mi Vicario en la tierra".

No solamente calla Cristo sobre este particular, sino que piensa tan poco en dar una cabeza a la Iglesia, que cuando promete tronos, a sus Apóstoles, para juzgar las doce tribus de Israel (Mateo, cap. 19, vers. 28) les promete doce, uno para cada uno, sin decir que entre dichos tronos, uno sería más elevado, el cual pertenecería a Pedro. Indudablemente si tal hubiese sido su intento, lo indicaría. ¿Qué hemos de decir de su silencio? La lógica nos conduce a la conclusión de que Cristo no quiso elevar a Pedro a la cabeza del Colegio Apostólico.

Cuando Cristo envió los Apóstoles a conquistar el mundo, a todos igualmente dio el poder de ligar y desligar y a todos dio la promesa del Espíritu Santo. Permitidme repetirlo: si El hubiese querido constituir a Pedro su Vicario le hubiese dado el mando supremo sobre su ejército espiritual.

Cristo, así lo dice la Santa Escritura, prohibió a Pedro y a sus colegas reinar o ejercer señorío, o tener potestad sobre los fieles, como hacen los reyes de los Gentiles (Lucas, 22, 25 y 26). Si San Pedro hubiese sido elegido Papa, Jesús no diría esto; porque, según nuestra tradición, el Papa ya tiene en sus manos dos espadas, símbolos del poder espiritual y temporal.

Hay una cosa que me ha sorprendido muchísimo. Resolviéndola en mi mente, me he dicho a mí mismo: si Pedro hubiese sido elegido Papa, ¿se permitiría a sus colegas enviarle con S. Juan a Somaria para anunciar el Evangelio del Hijo de Dios? (Hec. 8, 14).

¿Que os parecería, venerables hermanos, si nos permitiésemos ahora mismo enviar a su Santidad Pío IX y a su eminencia Monseñor Plantier al Patriarca de Constantinopla para persuadirle de que pusiese fin al cisma de Oriente?

Mas, he aquí otro hecho de mayor importancia. Un Concilio Ecuménico se reúne en Jerusalén para decidir cuestiones que dividían a los fieles. ¿Quién debiera convocar ese Concilio, si S. Pedro fuese Papa? Claramente, S. Pedro o su delegado. ¿Quién debiera presidirlo? S. Pedro o su delegado. ¿Quién debiera formar o promulgar los cánones? S. Pedro. Pues bien; ¡nada de esto sucedió! Nuestro Apóstol asistió al Concilio, así como los demás, pero no fue él quien reasumió la discusión, sino Santiago; y cuando se promulgaron los decretos se hizo en nombre de los Apóstoles, Ancianos y hermanos. (Hech. cap. 15).

¿Es esta la práctica de nuestra Iglesia?

Cuanto más lo examino, ¡oh venerables hermanos! tanto más estoy convencido que en las sagradas Escrituras el hijo de Jonás no parece ser el primero. Ahora bien; mientras nosotros enseñamos que la Iglesia está edificada sobre S. Pedro, San Pablo, cuya autoridad no puede dudarse, dice, en su Epístola a los Efesios (cap. 2, v. 20), que está edificada sobre el fundamento de los Apóstoles y Profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesu-Cristo mismo.

Este mismo Apóstol cree tan poco en la supremacía de Pedro, que abiertamente culpa a los que dicen "somos de Pablo, somos de Apolo" (1ª. Corintios, 1 y 12), así como culparía a los que dijesen, "somos de Pedro". Si este último Apóstol hubiese sido el Vicario de Cristo, S. Pablo se hubiera guardado bien de no censurar con tanta violencia a los que pertenecen a su propio colega.

El mismo Apóstol Pablo al enumerar los oficios de la Iglesia, menciona Apóstoles, Profetas, Evangelistas, Doctores y Pastores.

¿Es creíble, mis venerables hermanos, que S. Pablo, el gran Apóstol de los Gentiles, olvidase el primero de estos oficios, —el Papado— si el Papado fuera de divina Institución? Ese olvido me parece tan imposible como el de un historiador de este Concilio que no hiciese mención de Su Santidad Pío IX (Varias voces: ¡Silencio, hereje, silencio!).

Calmaos, venerables hermanos, que todavía no he concluido. Impidiéndome que prosiga os demostraríais al mundo prontos a hacer injusticia, cerrando la boca del último miembro de esta Asamblea. Continuaré.

(Continuará)


A LOS SEÑORES CIENTÍFICOS
(Conclusión)

Otros muchos de estos sabios han pretendido y pretenden descubrir lo que ellos llaman secretos de la Naturaleza, valiéndose de actos más bajos cual es el uso del magnetismo animal, e invocando el nombre de espiritistas y tomando el nombre de seres, que en realidad lo fueron, con cuya sombra pretenden medros; pero éstos pueden llegar a poco, porque siendo Dios el primer espíritu al cual ellos reconocen con menos facultades que al hombre terrestre, ¿qué instrucciones les pueden alcanzar para poderse instruir en las cosas de la Naturaleza y del alma propia? Sólo los que ellos se merecen, el engaño, puesto que ellos sólo buscan a los espíritus para engañar a sus semejantes, cual les resulta en la actualidad con los rayos X que ponemos a continuación:

LOS RAYOS X
CURIOSAS EXPERIENCIAS

Henri de Parville, el reputado revistero científico del Journal des Débats, da cuenta de unas maravillosas experiencias realizadas por un físico, que no nombra, en casa de los señores de Isola, en París.

Reunidos con Parville hasta una veintena de invitados en un salón de la citada casa, comenzó la sesión científica apagándose las luces y quedándose en la más completa obscuridad la estancia, lo mismo que si se tratara de una velada espiritista.

Apenas quedó el salón a obscuras, sintieron los concurrentes algo así como un ruido de crepitación, apareciendo en el espacio una mano gigantesca y luminosa que oscilaba en sentido vertical por encima de los convidados, llegando en algunos momentos a tocarlos casi, lo que hacía arrancar un mal contenido grito de terror a las damas.

<<No hay que asustarse —decía el físico—, esta mano no es de ningún aparecido. Yo os la mostraré después a la luz.>>

Desapareció la mano, y al mismo tiempo surcaron en todas direcciones unos violines luminosos.

Los violines mudos se agitaban por encima de las cabezas y desaparecieron sin dejar oír el más leve sonido.

A poco una gruesa esfera fosforescente desciende del techo y oscila a la manera de un péndulo.

Una campanilla también luminosa suena, haciendo una reverencia continua delante de la esfera.

De repente, los cuatro ángulos del salón, los espejos y el aire se inflaman, los floreros se iluminan, las arañas centellean, una mesa cargada de tazas y vasos se ilumina, todo resplandece y de todas partes surge una luz tenue y delicada, de tonos azulados.

Cruzan el aire lucecillas; sobre la alfombra corren gusanillos de luz.

Las damas sienten picotazos en el corsé y las piedras de sus joyas adquieren un brillo extraordinario; los diamantes lanzan rayos fantásticos, los esmaltes brillan, los cristales irradian una claridad parecida a la de la luna. Pero la iluminación no es bastante para disipar por completo la obscuridad, no permitiendo distinguir claramente lo que pasa en el salón; una verdadera iluminación de castillo encantado que brilla e impide la visión.

Los más nerviosos creen que es todo obra de magia. El experimentador repite que él no hace sino mostrar fenómenos científicos a sus espectadores.

Vuelve a sumirse la estancia en tinieblas para dar lugar a nuevos fenómenos.

Primero aparece una botella llena de agua fosforescente; la botella se halla como suspendida en el espacio a la manera de un globo. Un platillo con dibujos azules sale de un ángulo y viene a posarse lentamente sobre la botella; de otro ángulo surge un vaso brillante, que con la misma lentitud llega a colocarse en el platillo; por último, una cucharilla desciende del techo en tanto que por otro lado aparece un azucarero.

Entonces observan los espectadores con gran asombro salir del azucarero uno a uno los pedazos de azúcar y caer en el vaso; como impulsada por una fuerza oculta y misteriosa se invierte la botella dejando caer el agua en el vaso; a su vez la cucharilla, hasta entonces inmóvil, penetra en el vaso, agitando con rapidez el líquido, viéndose perfectamente disolverse el azúcar por completo; y todo esto se ejecuta con una precisión admirable.

Bruscamente desaparece todo y se siente un ruido seco. A poco cae del techo una lluvia de confeti centelleante; con los confeti se mezclan serpentinas que describen caprichosas curvas; de un mueble a otro se cruzan ramas de follaje y palmeras fosforescentes.   Una lluvia de oro desciende como bouquet de fuegos artificiales.

Las damas baten palmas ante el espectáculo tan maravilloso, al mismo tiempo que los corazones laten impresionados.

Después en un extremo, delante de un portier, surge de repente una forma humana, vaga en sus contornos, vaporosa, apenas dibujada. La aparición avanza. Los espectadores retroceden.

El espectro da algunos pasos más y se detiene. Es una mujer, de talle esbelto y rostro pálido verdoso; carece de ojos y en su lugar aparecen dos agujeros negros; la boca la tiene cerrada y los cabellos fosforescentes.

Un gran velo luminoso envuelve al fantasma entre cuyos pliegues fulguran destellos propios de piedras preciosas.

El espectro levanta su mano derecha; los dedos lanzan rayos de fuego que alumbran la estancia.

Esta aparición muda y severa inspira un mal contenido pavor a la concurrencia. El fantasma muestra con el índice el cielo, a tiempo que un golpe seco de gong detiene el aliento en las gargantas de los asistentes, prontos a dar señales de su temeroso asombro.

Después el espectro se yergue, dejando caer lentamente el brazo y retrocediendo pausadamente hasta el fondo. En ese momento cesa de brillar la cabeza, percibiéndose solo el cuerpo; sucesivamente el cuello, el tronco, las piernas van desapareciendo a trozos; por fin el espectro desaparece, sucediéndole un inmenso bouquet luminoso con una banderola azul que ostenta este lema:  Rayos X.

Al fin se hace la luz en el salón y el operador exclama:

Esto se acabó; aquí no hay nada de espiritismo, nada de ocultismo, nada de sobrenatural. Los rayos X y nada más que los rayos X; ésta es la verdadera causa de los fenómenos que habéis visto.

Efectivamente, un aparato productor de rayos X, envuelto en muchos velos negros, lanza sus destellos en la obscuridad, invisibles para el ojo humano, pero que proyectados sobre objetos de esmalte, de vidrio, de porcelana o sobre telas recubiertas de substancias fluorescentes, deja percibir dichos objetos envueltos en tintas suaves y vagas, que les dan aspecto fantástico.

El operador, invisible para los espectadores a causa de la obscuridad, mueve los objetos sin que los espectadores se aperciban.  El fantasma no es otra cosa que una hábil figuranta, cuyo rostro y cuerpo se ha recubierto de polvos de sulfuro de zinc fosforescentes; sobre esta figura se proyectan los rayos X, la figuranta aparece como un fantasma lívido.

Tales son las curiosísimas experiencias que Henri de Parville ha presenciado últimamente en París, experiencias que no tardarán, corregidas y aumentadas, en ser materia de espectáculos públicos, como lo son ya otras aplicaciones de los rayos X.

(De la Correspondencia de España)

¿No es verdad, hermanos míos, que la Cabaña os advirtió y os amonestó muchas veces manifestándoos los errores en que estabais incurriendo? ¿Queréis muestras más palpables? ¿Cómo es posible que sea cristiano el que no sigue las enseñanzas del Cristo? pues tampoco es posible ser buen kardeísta el que desprecia los mejores consejos que se hallan en las obras escritas por Allan Kardec.

Muchas y muy repetidas veces han sido las que os hemos avisado y señalado en dónde están las flores del espiritismo y os hemos hecho ver que los que llamabais médiums os engañaban maliciosamente; mas ¿cómo habíais de tomar nuestros consejos si viendo el engaño por vuestros propios ojos y tocado con vuestras propias manos las flores artificiales, dulces y muchos objetos más, todavía seguís en vuestros errores por engañar a incautos? Seguís con vuestra manía de que la Cabaña quiere ser la única en representar vuestras sesiones; manía orgullosa, por cuanto la Cabaña no las representó nunca, como no hay hombre ni mujer que en verdad pueda presidir una sesión espiritual. Estos sólo pueden ser intérpretes del ser desencarnado para dar a comprender a los que se reúnen la enseñanza que desean, puesto que la humanidad no está todavía acostumbrada al lenguaje espiritual; y si el que de vosotros no sabe tal lenguaje ¿cómo puede servir para el caso? El Cristo dijo a sus Apóstoles: donde quiera que estéis dos o más reunidos en mi nombre allí estaré yo; y Kardec dice que el espiritismo es una filosofía, y el lenguaje la transmisión del pensamiento; mas también dice que ningún científico puede ser perito en el espiritismo, y al que intente poner fórmulas debe tratársele de farsa.

Dice que Dios no es materia, pero sí tipo de amor y caridad. Son muchas las veces que os hemos llamado a discusión y propuesto la revisión de los libros de Espíritus y Médiums para daros a comprender las verdaderas flores que en ellos se hallan; mas vuestra terquedad de sabios os ha llevado al extremo de negar al Creador lo que todas las religiones le conceden y que se hallan también declarados en el libro de Espíritus.

Por tanto, pues que a los avisos de la Cabaña hicisteis caso omiso, debéis saber que, al recibir el Jesuita Blanco la orden de tomar la defensa en la tierra del Deísmo y Cristianismo, recibió también una pluma y un látigo como recuerdo de la manera que debe trataros. Así, pues, procurad estudiar mucho antes de que en lo sucesivo volváis a daros los nombres pomposos de Maestros y Apóstoles.

El Jesuita Blanco os vigilará y os tratará conforme lo indique el nivel justo que recibió para el caso; él no formará lo que vosotros llamáis Sociedades en la tierra puesto que pertenece a la Universal que está fuera de ella, y a la que espera que todos vosotros podáis concurrir desde la tierra. Ya lo ha dicho, debe vigilar y servir de intérprete entre los hermanos de distintos idiomas.

Pronto hablaremos de los magnetizadores y curanderos.


UNA DISCUSIÓN

Entre un católico que pretende ser cristiano y un cristiano que renegó del catolicismo; sabio el primero —según los hombres— e ignorante el segundo.

(Continuación)

C.— Hombre, ¿cómo me ha de contestar, ni siquiera oírme, una estatua?

R.— ¿Pero crees que podrás tenerla si hablas al hombre que representa la estatua?

C.— Pudiera tenerla si hablo con él, porque me oiría.

R.— Y la estatua, ¿no es la imagen del hombre?

C.— No hay duda.

R.— Pues lo propio te sucede con las imágenes de los que llamáis santos, de Cristo y de Dios mismo.
Por tanto, cuando quieras hablar con los que se dicen Santos, Jesucristo o Dios, tu Padre espiritual, deja todo lo material, lleva tu pensamiento al Sol y no dudes que serás contestado como sea tu merecimiento a las preguntas que hagas.

C.— Dime, hermano Pedro; puesto que según tú no existe la caridad material por mucho que practiquemos las obras de Misericordia, ¿querrías decirme cómo la practicáis vosotros? ¿o qué entendéis por caridad?

R.— Nosotros entendemos por caridad enseñar a todo ser inferior a nosotros, tanto libres como encarnados de dónde procede, por qué vino al destierro, qué debe practicar para salir de él y cómo ha de tomar el camino para poder llegar a la casa paterna.

C.— ¿Y no podríais ayudarles con vuestras oraciones?

R.— Es inútil, puesto que Dios es justo y cada uno ha de pagar sus propias deudas; lo único que podemos y hacemos es obligarlos a que no pierdan el tiempo, presentándolos al regentador cuando han dejado la materia.

C.— ¿Pero cómo es posible presentar a los espíritus que por propia voluntad dejan de hacerlo?

R.— Obrando el espíritu del mismo modo que el hombre con los criminales de la tierra, o sea, la Guardia civil y policía con los criminales.

C.— Hermano Pedro, por hoy queda satisfecho mi deseo de saber, ya continuaremos otro día; adiós.


Católico.— Hermano Pedro; una vez más vengo a molestarte con mis preguntas, porque es tanto lo que llaman mi atención algunos párrafos de tu protesta, el liberalismo es pecado, que nunca quedaré satisfecho por mucho que pregunte y te moleste, so pena de estar a tu lado siempre; dices que el Padre Nuestro que Cristo enseñó no es el que enseña la Iglesia, así como la primera Bienaventuranza; en tal caso, ¿cómo se atrevieron a adulterarlo?

Renegado.— El cómo se atrevieron, sólo pueden saberlo los compositores de la Biblia; nosotros sólo sabemos que está adulterada toda la moral que Cristo enseñó, como ya te lo vamos probando y nos disponemos a probar respondiendo a tu pregunta.

C.— ¿Luego crees que los Evangelios no son los escritos por los Apóstoles?

R.— Los verdaderos escritos de los Apóstoles fueron recogidos por los que con el nombre de cristianos se unieron a los gentiles idólatras, y más tarde se llamaron católicos, y luego fueron encerrados o separados de los demás libros con el nombre de apócrifos, por Gelasio en el año 492. ¿Quién les dijo que eran apócrifos? Su animalidad, como dice Pablo en su Epístola, ya mencionada en anteriores conferencias; del mismo modo guardaron la verdadera filosofía natural por incomprensible a los hombres, puesto que ellos no la podían comprender por la misma causa; ¿cabe mayor orgullo en seres que pretenden representar a Dios en la tierra?

C.— Pero tú eres el demonio, ¿de dónde sacas tales datos?

R.— Mira, ¿puedes rechazarlos con todo tu catolicismo?

C.— No.

R.— Pues no olvides que si fuese demonio como acabas de decir, nada de cuantos datos ves hubieran llegado a mis manos; pero como el diablo siempre está dispuesto a descubrir los hechos del demonio, y yo dejé al segundo para seguir al primero, nos hicimos tan amigos, que cuando conviene no hay secretos ocultos para mí, por más que el demonio los oculte.

C.— ¿Luego tienes relaciones con el diablo?

R.— Sí; todos los que seguimos la ley del Cristo las tenemos, puesto que él es nuestro jefe en la tierra, y cuando llegamos a ser diablos pasamos al Sol a recibir órdenes del Jefe de todos los diablos universales, ángeles o como quieras llamarlos, pues allí no hay nombres.

C.— Vaya, tú te bromeas conmigo y siento haberte encontrado en tan mala disposición de atenderme; me retiraré y hasta otro día.

R.— No, no harás tal, y te suplico un poco de calma para recibir la paliza que te has ganado; digo, paliza espiritualmente. ¿Cuántas veces he de explicarte quién es el demonio y quién es el diablo? ¿No dice tu doctrina que el demonio es nuestro cuerpo con sus pasiones y malas inclinaciones? ¿No te he dicho varias veces que la ignorancia y malas acciones son hijas de la materia? ¿Cómo puedes comprender que el demonio presente luz alguna, cual según tu Iglesia la presenta el diablo, siquiera sea en su cuerno? ¿No te tengo dicho, además, que cuando estés hablando conmigo tengas tu pensamiento fijo en el Sol para saber si te engaño o no? ¿Por qué no cumples? ¿De qué sirve que un profesor enseñe a un discípulo, si éste no pone cuidado en aprender? ¡Ah, lloras cual los niños en cuanto el profesor los reprende! ¿Es que mi paliza te ha dolido?

C.— No, no es tu palo el que me ha hecho llorar, hermano mío, es el nivel que tengo ante mi vista que declara toda mi torpeza por no haber acudido adonde debía antes de dudar de ti; permite que me retire, pues comprendo no debía haberte molestado con mis preguntas insulsas; pero como cuando estoy solo no hallo desahogo a ellas, estaría a tu lado siempre; volveré.

R.— No, no te irás sin que te dé las explicaciones que me has pedido y me prometas venir siempre que, como hoy, te ocurra pedirlas, y para ello volvamos al principio de nuestra narración; ¿cuál es?

C.— Porque dices que el Padre Nuestro y la primera Bienaventuranza que enseña la Iglesia no son cual el Cristo enseñó.

R.— Está bien, voy a contestarte, aunque ya en la misma revelación queda contestado brevemente; pero antes te suplico me contestes tú a una pregunta: ¿En qué concepto tiene tu Iglesia al Cristo, en el de sabio o el de ignorante?

C.— ¡Hombre! en el de gran filósofo, cual ningún hombre en la tierra le puede igualar, y tanto es así, que lo ha hecho Dios mismo.

R.— Muy bien; pues procura no perder una sola palabra de cuantas te vaya refiriendo y cotéjalas con ese nivel de lo justo que te presenta ese que no sabes que nombre darle, y cuando veas que el nivel sale de su centro justo es que no te digo verdad.
Habiendo sido recogidos los verdaderos escritos de los Apóstoles como testigos oculares de Jesús y únicos que podían desplegar toda su luz, sólo nos quedó libre para poder leer la Biblia, compuesta a gusto y manera de sus compositores; nada con la justicia que el caso requiere, como pronto lo vamos a probar.
1º. Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Consideremos; los espíritus son pobres o ricos, según el cumplimiento que hicieron de la Ley divina; los que cumplieron adquirieron luz brillante y gran ligereza, porque todos cuantos despreciaron lo material les sirvió de dos ventajas: la una que, como pesada, siempre tendía a lo terreno, y la otra que, como opaca (más vulgar, oscura), ocultaba la luz brillante del alma, y puede con la celeridad del pensamiento transportarse adonde haya alcanzado por su cumplimiento.
Inversamente sucede al pobre por holgazanería; cargado de la materia primitiva de que fue creado, es traído a la tierra, y de ella no puede salir mientras no deje la carga mencionada, porque el propio peso le detiene; su obscuridad le prohíbe ver y comprender el camino por donde debe marchar, así como a su alma de comprender su verdadero estado; luego ¿a quién consideras tú más apto para poder atravesar la atmósfera que circunda a la tierra, al pobre o al rico?

C.— Al rico.

R.— Hay más; ¿puedes tú creer que la justicia divina premie al que no cumple la Ley?

C.— No sería tal justicia si así obrase.

R.— Y aún suponiendo que tal fuere, ¿qué destino da Dios a los que cumplen su Ley?

C.— Lo ignoro.

R.— Mas comprenderás por los atributos que le concedemos, debe dar alguno.

C.— Sí, irremisiblemente.

R.— ¿Puedes comprender que el Cristo dejara de saber en qué consiste la riqueza y pobreza de espíritu?

C.— Como filósofo en grado sumo debía saberlo; y, además, algunos de los Apóstoles dicen que los justos resplandecen como el Sol.

(Continuará)


Damos las gracias a la Constancia de Buenos Aires por su saludo; y doblemente en nombre de nuestros representados por la aclaración de su religión, que la hacemos nuestra; aunque la deseamos más vulgar, para la comprensión de los que los sabios llaman pobres; y le damos facultades para que trascriba y publique (textualmente) aquellos escritos nuestros que considere útiles para que la humanidad pueda ilustrarse en la luz del alma.

Le agradecemos con toda sinceridad el sentimiento que nos demuestra de que no podamos cumplir nuestra promesa; mas debe saber, que trabajaremos según nuestras fuerzas, puesto no se nos exige por nuestros representados más que voluntad, dándonos tiempo para conseguirlo cuanto sea necesario sin contar años ni siglos.

Conste, pues, que estamos identificados en la religión universal, cuyas oraciones son el lenguaje del alma con sus semejantes y el nivel de conciencia para no caer en pecado.


CONTROVERSIA

Así titula un suelto que nos dedica La Revelación, de Alicante, del mes actual; mas nosotros nos proponemos la discusión y aclaración de conceptos en la cuestión Filosófica y Espiritismo natural; guardando sólo la controversia para los que por punto de orgullo quieran revocar conceptos indebidamente; y como el que nos ocupa es nuestro deber aclararlo, puesto no nos conformamos, en un todo, con el lema que nos presentó, reservamos la palabra Controversia para ocasión más necesaria, y en su lugar ponemos:

ACLARACIÓN

Según nos declaró La Revelación, es su lema: Hacia Dios, por el Amor y la Ciencia; y nos parece poco deísta, por cuanto, siendo Dios esencia y las ciencias materia, existe la imposibilidad de poder llegar a Dios por tal camino, puesto la esencia y la materia son la antítesis una de otra, como todo muestra claramente la lucha que constantemente sostiene nuestro espíritu, que es materia, con el alma, que es esencia. El primero, por el orgullo, egoísmo y vanidad que contiene, se separa huyendo de la casa paterna (o sea luz divina); la segunda, por el amor, paz y caridad que lleva en sí trabaja para aproximarse; luego la ciencia no puede llevar al espíritu hacia Dios; en tal caso, podrá ser su madre la filosofía natural, que como lenguaje del alma le da comunicación con sus hermanos y Padre Espiritual, según el dominio que hizo del espíritu o materia que arrastra; con lo que se justifica el atributo de justo que Kardec concede al Ser creador.

La Ley Divina, o sea, la que el Creador impone a los espíritus, es amor, paz y caridad espiritualmente, que el Cristo vulgarizó, cuando dijo: No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti, haz con todos como quisieras hagan contigo en iguales circunstancias, que en ello, amas al Padre que está en los cielos; El usó la filosofía natural, como lenguaje del alma, en todas sus comunicaciones con el Padre Celestial, haciendo caso omiso de las ciencias materiales, cual hoy sucede en el Espiritismo natural con lo que llamáis intuición.

Y es poco kardeísta, por cuanto éste, en el libro de Espíritus, página 20 de la introducción, rechaza las ciencias por materiales, y dice que los científicos no pueden ser peritos en el espiritismo, y para más aclaración de este dicho, recomendamos, que todos los que en algo quieran salir de dudas examinen toda la página y algunos otros puntos que aclara y vulgariza esta cuestión con toda perfección.

Esperamos, pues, que si no le bastan estas aclaraciones nos manifieste todas las dudas que le puedan quedar, que las aclararemos con el mayor gusto, según nuestros alcances filosóficos naturales.

Imp. de P. ORTEGA, Aribau, 13 - Barcelona

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Deísmo, Cristianismo y Espiritismo

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