Año I

Barcelona 1º. Mayo de 1898

Num. 7

INMUTABLE

AMOR

PAZ

CARIDAD

BONDAD

MISERICORDIA

JUSTICIA

SIN VELO
EL JESUITA BLANCO, FILOSÓFICO, NATURAL, DEFENSOR
DEL DEÍSMO Y CRISTIANISMO VERDAD

Número 10 cénts.

Publicación quincenal

Número 10 cénts.

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Redacción: Abaixadors, 3º 1ª
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LOS HIJOS DE MARIA
JERUSALÉN Y ROMA
(Continuación)

El Apóstol Pablo no hace mención en ninguna de sus epístolas a las diferentes Iglesias, de la primacía de Pedro. ¿Si esta Primacía existiese, si, en una palabra, la Iglesia hubiese tenido una cabeza suprema dentro de sí, infalible en enseñanza, podría el gran Apóstol de los Gentiles olvidarse de mencionarla? ¡Qué digo! Más probable es que hubiere escrito una larga Epístola sobre esta importante materia. Entonces, cuando el edificio de la doctrina cristiana fue erigido, ¿podría, como lo hace, olvidarse de la fundación, de la clave del arco? Ahora bien; (si no opináis que la Iglesia de los Apóstoles fue herética, lo que ninguno de vosotros desearía ni osaría decir) estamos obligados a confesar que la Iglesia nunca fue más bella, más pura ni más santa que en los tiempos en que no hubo Papa. (No es verdad; no es verdad). No diga Monseñor de Laval <<no.>> Si alguno de vosotros, mis venerables hermanos, se atreve a pensar que la Iglesia que tiene hoy un Papa por cabeza, es más firme en la fe, más pura en la moralidad, que la Iglesia Apostólica, dígalo abiertamente ante el Universo, puesto que este recinto es un centro desde el cual nuestras palabras vuelan de polo a polo.

Prosigo.

Ni en los escritos de S. Pablo, S. Juan o Santiago descubro traza alguna o germen del poder Papal; S. Lucas, el historiador de los trabajos misioneros de los Apóstoles, guarda silencio sobre este importantísimo asunto. El silencio de estos hombres santos, cuyos escritos forman parte del canon de las divinamente inspiradas Escrituras, no parece tan penoso o imposible, si Pedro fuese Papa, y tan inexcusable como si Thiers, escribiendo la historia de Bonaparte, omitiese el título de Emperador.

Veo delante de mí un miembro de la Asamblea, que dice, señalándome con el dedo: <<¡Ahí está un obispo cismático, que se ha introducido entre nosotros con falsa bandera!.>>

No, no, mis venerables hermanos; no he entrado en esta augusta asamblea como un ladrón, por la ventana, sino por la puerta como vosotros; mi título de obispo me dio derecho a ello, así como mi conciencia cristiana me obliga hablar y decir lo que creo ser la verdad.

Lo que más me ha sorprendido y que, además, se puede demostrar, es el silencio del mismo San Pedro. Si el Apóstol fuese lo que le proclamáis que fue —es decir, Vicario de Jesucristo en la tierra—, él al menos debería saberlo. Si lo sabía, ¿cómo sucede que ni una vez sola obró como Papa? Podría haberlo dicho el día de Pentecostés, cuando predicó su primer sermón, y no lo hizo; en el Concilio de Jerusalén, y no lo hizo, en Antioquía, y no lo hizo, como tampoco lo hace en las dos Epístolas que dirige a la Iglesia.

¿Podéis imaginaros un tal Papa, mis venerables hermanos, si Pedro era Papa?

Resulta, pues, que si queréis mantener que fue Papa, la consecuencia natural es, que él no lo sabía. Ahora pregunto a todo el que tenga cabeza conque pensar y mente conque reflexionar: ¿Son posibles estas dos suposiciones?

Pero escucho decir por todos lados: Pues qué, ¿no estuvo San Pedro en Roma? ¿No fue crucificado con la cabeza abajo? ¿No se hallan los lugares donde enseñó, y los altares donde dijo misa, en esta ciudad eterna?

Que San Pedro haya estado en Roma, reposa, mis venerables hermanos, sólo sobre la tradición; mas aún, si hubiese sido obispo de Roma, ¿cómo podéis probar de su episcopado su supremacía? Scaligero, uno de los hombres eruditos, no vacila en decir, que el episcopado de San Pedro y su residencia en Roma deben clasificarse con las leyendas más ridículas. (Repetidas voces: <<¡tapadle la boca, tapadle la boca; hacedle descender de esa cátedra!>>

Venerables hermanos, estoy pronto a callarme; mas ¿no es mejor en una Asamblea como la nuestra, probar todas las cosas como manda el Apóstol, y creer solo lo que es bueno? Pero mis venerables amigos, tenemos un dictador, ante el cual todos debemos postrarnos y callar, aún su Santidad Pío Nono, e inclinar la cabeza. Este dictador es la Historia.

Esto no es como un legendario que se puede formar al estilo que el alfarero hace su barro, sino como un diamante que esculpe en el cristal palabras indelebles. Hasta ahora me he apoyado sólo en ella, y no encuentro vestigio alguno del Papado en los tiempos Apostólicos; la falta es suya no mía. ¿Queréis quizá colocarme en la posición de un acusado de mentira? Hacedlo si podéis.

Oigo a la derecha estas palabras: —<<Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.>> (Mateo, 16 y 18).

Contestaré esta objeción después, mis venerables hermanos; mas, antes de hacerlo, deseo presentaros el resultado de mis investigaciones históricas.

No hallando ningún vestigio del Papado en los tiempos Apostólicos, me dije a mí mismo: quizás hallaré lo que ando buscando en los anales de la Iglesia.

Pues bien, lo digo francamente, busqué el Papa en los cuatro primeros siglos, y no he podido dar con él.

Espero que ninguno de vosotros dudará de la gran autoridad del Santo Obispo de Hipona, el gran y bendito San Agustín.

Este piadoso doctor, honor y gloria de la Iglesia Católica, fue secretario en el Concilio de Melive. En los decretos de esa venerable asamblea se hallan estas palabras significativas: <<Todo el que apelase a los de la otra parte del mar, no será admitido a la comunión por ninguno en el África.>>

Los obispos de África reconocían tan poco al obispo de Roma, que castigan con excomunión a los que recurriesen a su arbitrio.

Estos mismos obispos, en el sexto Concilio de Cartago, celebrado bajo Aurelio, obispo de dicha ciudad, escribiendo a Celestino, obispo de Roma, amonestándole que no recibiese apelaciones de los obispos, sacerdotes o clérigos de África; que no enviase más legados y comisionados y que no introdujese el orgullo humano en la Iglesia.

Que el Patriarca de Roma había desde los primeros tiempos tratado de atraerse a sí mismo toda la autoridad, es un hecho evidente; y lo es un hecho igualmente evidente que no poseía la supremacía que los ultramontanos le atribuyen. Si la poseyese, ¿osarían los obispos de África —San Agustín entre ellos,— prohibir apelaciones a los decretos de su supremo tribunal?

Lo confieso, sin embargo, que el Patriarca de Roma ocupaba el primer puesto. Una de las leyes de Justiniano dice:—<<Mandamos, conforme a la definición de los cuatro Concilios, que el Santo Papa de la antigua Roma sea el primero de los obispos y que su alteza el arzobispo de Constantinopla, que es la nueva Roma, sea el segundo.>> Inclínate, pues, a la supremacía del Papa, me diréis.

No corráis tan apresurados a esa conclusión, mis venerables hermanos, porque la ley de Justiniano lleva escrito al frente: <<del orden de Sedes Patriarcales.>> Procedencia es una cosa, y el poder de jurisdicción es otra.

Por ejemplo: suponiendo que en Florencia se reuniese una asamblea de todos los obispos del reino, la procedencia se daría, naturalmente, al Primado de Florencia, así como entre los orientales se concedería al Patriarca de Constantinopla, y en Inglaterra al arzobispo de Cantorbery. Pero ni el primero, segundo, ni tercero, podrían aducir de la asignada posición una jurisdicción sobre sus compañeros.

La importancia de los obispos de Roma, procede, no de un poder divino, sino de la importancia de la ciudad donde está su Sede.

Monseñor Darboy no es superior en dignidad al arzobispo de Avignon; mas no obstante, París le da una consideración que no tendría, si en vez de tener su palacio en orillas del Sena, se hallase sobre el Ródano. Esto que es verdadero en la jerarquía religiosa, lo es también en materias civiles y políticas.

El prefecto de Florencia no es más que un prefecto, como el de Pisa, pero civil y políticamente es de mayor importancia.

He dicho ya que desde los primeros siglos el Patriarca de Roma aspiraba al gobierno universal de la Iglesia. Desgraciadamente casi lo alcanzó, pero no consiguió ciertamente sus pretensiones, porque el emperador Teodosio II hizo una ley, por la cual estableció que el Patriarca de Constantinopla tuviese la misma autoridad que el de Roma.  (Lec. cod. de sac. etc.).

Los padres del Concilio de Calcedonio, colocan a los obispos de la antigua y nueva Roma en la misma categoría en todas las cosas, aún en las eclesiásticas. (Can. 28).

El sexto Concilio de Cartago prohibió a todos los obispos se abrogasen el título de príncipe, de obispo de los obispos, u obispos soberanos.

En cuanto al título de Obispo Universal, que los Papas se abrogaron más tarde, San Gregorio I, creyendo que sus sucesores nunca pensarían adornarse con él, escribió estas palabras:

<<Ninguno de mis predecesores ha consentido llevar ese título profano, porque cuando un Patriarca se abroga a sí mismo el nombre Universal, el título de Patriarca sufre descrédito. Lejos está, pues, de los cristianos el deseo de darse un título que cause descrédito a sus hermanos.>>
San Gregorio dirigió estas palabras a su colega de Constantinopla, que pretendía hacerse Primado de la Iglesia.

El Papa Pelagio II llama a Juan, obispo de Constantinopla, que aspiraba al Sumo Pontificado, impío y profano.

<<No se le importe, decía, el título de Universal que Juan ha usurpado ilegalmente, —que ninguno de los Patriarcas se abrogue este nombre profano— porque ¿cuántas desgracias no debemos esperar, si entre los sacerdotes se suscitasen tales ambiciones? Alcanzarían lo que se tiene predicho de ellos: El es rey de los hijos del orgullo.>> (Pelagio II, Cett. 13).

Estas autoridades, y podía citar cien más de igual valor, ¿no prueban con una claridad igual al resplandor del Sol en medio del día, que los primeros obispos de Roma no fueron reconocidos como obispos universales y cabezas de la Iglesia, sino hasta tiempos muy posteriores?

Y por otra parte, ¿quién no sabe que desde el año 325, en el cual se celebró el primer Concilio Ecuménico de Constantinopla, entre más de 1.100 obispos que asistieron a los primeros Concilios generales, no se hallaron presentes mas que diecinueve obispos de Occidente?

¿Quién ignora que los Concilios fueron convocados por emperadores, sin siquiera informarles de ello, y frecuentemente aún en oposición a los deseos del obispo de Roma? ¿O que Osio, obispo de Córdoba, presidió en el primer Concilio de Nicea, y redactó sus cánones? El mismo Osio presidiendo después el Concilio de Sárdica, excluyó al legado de Julio, obispo de Roma.

No diré más, mis venerables hermanos, y pasaré a hablar del gran argumento a que se refirió anteriormente, para establecer el Primado del obispo de Roma.

Por la roca (piedra) sobre que la Santa Iglesia está edificada, entendéis que es Pedro; si esto fuera verdad, la disputa quedaría terminada, mas nuestros antepasados, y ciertamente debieron saber algo, no opinan sobre esto como nosotros.

San Cirilo, en su cuarto libro sobre la Trinidad, dice: <<Creo que por la roca debéis entender la fe inmovible de los Apóstoles.>> San Olegario, obispo de Poitiers, en su segundo libro sobre la Trinidad, dice: —La roca (piedra) es la bendita y sola roca de la fe confesada por la boca de San Pedro;>> y en el sexto libro de la Trinidad, dice: <<Es sobre esta roca, de la confesión de fe, que la Iglesia está edificada.>> <<Dios, dijo San Gerónimo en el sexto libro sobre San Mateo, ha fundado su Iglesia sobre esta roca, y es de esta roca que el Apóstol Pedro fue apellidado.>> De conformidad con él, San Crisóstomo dice en su homilía 55 sobre San Mateo: <<Sobre esta roca edificaré mi Iglesia, es decir, sobre la fe de la confesión.>> Ahora bien, ¿cuál fue la confesión del Apóstol? Hela aquí:

<<Tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente.>>

Ambrosio, el santo arzobispo de Milán, (sobre el segundo capítulo de la epístola a los Efesios). San Basilio de Salencia y los padres del Concilio de Calcedonia, enseñan precisamente la misma cosa.

(Continuará)


EL CASTIGO NO EXISTE

Así se titula un artículo que hallamos en los estudios psicológicos de Barcelona, Lumen, del mes actual, firmado por Wenceslao de la Vega, en cuyos segundo y tercer párrafos hallamos lo que sigue:

<<Todo cuanto existe en el Universo está regido por una misma ley, que es la de Dios; según la lógica, ha de ser inmutable e infinitamente sabio, justo y poderoso; por lo tanto, cuando una de sus criaturas entra a formar parte del gran concierto universal, ha de estar dotada de todas las cualidades precisas a un desenvolvimiento que estriba en adquirir ciencia, justicia y amor. Dios es el único infinito en todo, y por lo mismo, nada ni nadie puede quebrantar su ley. Esto sentado, prosigamos nuestro estudio.>>

<<Según los espíritus más elevados que se han revelado en la tierra, tanto encarnados como desencarnados, el espíritu viene de un origen que para nosotros se pierde en la noche de los tiempos, y durante su peregrinación, ha tenido que pasar por todas las fases o aspectos de la maternidad: mineral primero, luego vegetal, más tarde animal, y por último, entra a formar parte de la raza humana.>>

Hasta aquí los dos párrafos de que nos vamos ocupar del mencionado artículo, y comparar nuestra lógica, que es natural en nosotros, aprendida sin libros ni hombres, con la suya, que no sabemos cuál es.

La nuestra nos enseña a reconocer los atributos que él menciona en el párrafo primero, y nos aumenta el de bueno, caritativo y misericordioso; mas en vez de la ciencia que él menciona, nos señala la filosofía como lenguaje del alma.

En cuanto al párrafo segundo, no estamos conformes con las enseñanzas de los espíritus de tanta elevación y que tanto le han enseñado, ni lo puede estar nuestra lógica, porque es imposible que Dios sea menos que el hombre, y por esta imposibilidad, no puede pasar el alma humana a ser creadora del mineral, vegetal y animal; ¿acaso el hombre crea un hijo de ninguna clase de metales, vegetales ni animales, para que un día sea su propia figura y con inteligencia bastante para que pueda comprenderlo y representarlo en parte alguna? Empezar por reconoceros a vosotros mismos y luego podréis juzgarlo a Él, que también os creó a su imagen y semejanza para que un día seáis soles como El y lo representéis en uno de los muchos mundos de la pluralidad.

Mirad cuantos objetos creáis para comodidad y placer de vuestros hijos, ¿y de qué los fabricáis? De materia. ¿Por qué no les dais vida? ¿Es por falta de deseos? No, es por imposibilidad, como lo dais a demostrar con los objetos que creáis, queriendo imitarla; pues nada más natural, que Aquél creara vitales todos los que sus hijos pudieran necesitar; razón por la que el ser humano tiene el deber de hacer uso del vegetal y animal, mas no debe abusar.

¿Acaso el hombre desde el momento que tiene un hijo lo abandona en el ocaso, hasta que los órganos corporales estén en desarrollo para empezar a ser hombre? No; el hombre cuida de ellos con esmero, según sus fuerzas se lo permiten, hasta el caso de buscar una niñera que de ellos se encarga hasta que saben andar solos. Luego, ¿cómo pretendéis que Dios al crear a los espíritus, sus hijos, no les dé también la suya, hasta que creciendo los órganos espirituales se reconozcan a sí mismos y puedan marchar solos hacia la casa paterna, bajo el libre albedrío que tienen de volver más tarde o más temprano? No, no creáis tal, y nos atrevemos a decir, que quien tal crea y tal escriba, por más que diga que escribe para espiritistas racionalistas, debe empezar por curar su razón espiritual; esto nos dicta nuestra lógica; ahora la compararemos con la que enseñan los Espíritus en el libro de A. Kardec.

LIBRO DE LOS ESPÍRITUS

Partida 191.— ¿En los mundos superiores, las plantas son como los otros seres de naturaleza más perfecta?

—Todo es más perfecto; pero las plantas siempre son plantas, como los animales, animales, y siempre hombres los hombres.

Luego si en los mundos superiores existen los animales y plantas, probado queda que fueron creadas para servir al hombre en toda la pluralidad, y como él tienen su ascenso.

Part. 597.— Puesto que a los animales les da cierta libertad de acción, ¿existe en ellos un principio independiente de la materia?

—Sí, y sobrevive al cuerpo.

—¿Este principio es un alma semejante a la del hombre?

—Si así lo queréis, también es un alma, esto depende del sentido que se da a esa palabra; pero es inferior a la del hombre. Del alma de los animales a la del hombre, va tanta diferencia como del alma humana a Dios.

Part. 599.— ¿El alma de las bestias tiene elección para encarnarse con preferencia en un animal antes que en otro?

—No, pues no tiene libre albedrío.

Part. 600.— Sobreviviendo al cuerpo el alma del animal, ¿está después de la muerte en un estado errante como la del hombre?

—Es una especie de erraticidad, porque no está unida a un cuerpo, pero no es un espíritu errante. El espíritu errante es un ser que piensa y obra por su libre voluntad. El de los animales no tiene la misma facultad; la conciencia de sí mismo es el atributo principal del espíritu humano. El espíritu animal es clasificado después de la muerte por los espíritus, que de ellos están encargados, y casi enseguida utilizado. No tiene tiempo de ponerse en relación con otras criaturas.

Part. 601.— ¿Siguen los animales una ley progresiva como el hombre?

—Sí, y por esto en los mundos superiores, donde están más adelantados los hombres, estanlo también los animales, que tienen medios más desarrollados de comunicación; pero son siempre inferiores y están sometidos al hombre; son sus servidores inteligentes.

Part. 602.— ¿Los animales progresan como el hombre, en virtud de su voluntad, o por la fuerza de las cosas?

—Por la fuerza de las cosas, y por esto no existe expiación para ellos.

Part. 603.— ¿En los mundos superiores conocen a Dios los animales?

—No, el hombre es para ellos un dios, como en otro tiempo los espíritus fueron dioses para los hombres.

Part. 605.— Así, pues, además de sus propias imperfecciones de que ha de despojarse el espíritu, ¿debe luchar también con la influencia de la materia?

—Sí, y mientras más inferior es, más estrechos son los lazos entre el espíritu y la materia. ¿Acaso no lo estás viendo? No, el hombre no tiene dos almas, pues ésta es siempre única en un solo ser. El alma del animal y la del hombre son distintas entre sí, de modo que el alma de uno no puede animar el cuerpo creado por el otro. Pero si el hombre no tiene alma animal que le ponga por sus pasiones al nivel de los animales, tiene un cuerpo que, con frecuencia, lo rebaja hasta ellos; porque el cuerpo es un ser dotado de vitalidad que tiene instintos, pero ininteligentes y limitados al cuidado de su conservación.

Creemos que con lo expuesto debe bastarle a nuestro hermano La Vega para comparar su lógica y la nuestra, con las contestaciones dadas por los espíritus, según Kardec, y que las hacemos nuestras; por lo que reservamos nuestros estudios y experiencias particulares para ocasiones más perentorias; pues creemos, que siendo el Lumen kardeísta, lo será también el hermano que nos ocupa, y nos gusta en todo tiempo defendernos del enemigo con sus propias armas, cuando las hallamos con filo suficiente para el caso; por tanto, suspendemos por hoy la continuación, esperando que dicho hermano nos diga en qué conoció la gran elevación de los espíritus, tanto libres cuanto encarnados, que le enseñaron lo escrito en el párrafo tercero de su artículo, <<El castigo no existe>>; y nos proponemos enseñarle a que los conozca mejor, tanto pública como privadamente, según sea su voluntad, para que en lo sucesivo no le hagan creer que el Padre de su inteligencia hace cosas más ínfimas que el padre de su cuerpo y que él mismo; así como enseñarle a comprender la responsabilidad en que incurre escribiendo lo que sabe y desea enseñar, sin antes haber comprendido, que primero es saber lo que se escribe y se enseña para no caer en error de tanta gravedad.


UNA DISCUSIÓN

Entre un católico que pretende ser cristiano y un cristiano que renegó del catolicismo; sabio el primero —según los hombres— e ignorante el segundo.

(Continuación)

R.— Pues fácil comprenderás, que sea por ignorancia o por malicia, fue escrita la palabra pobres, en vez de la de ricos; y conste que el Cristo dijo: <<Bienaventurados los ricos de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.>> Del mismo modo que habiendo dicho en la octava: <<Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la injusticia,>> se escribió en la Biblia, <<por causa de la justicia;>> ya ves que sólo en esta poca cosa declaran los autores bíblicos al Cristo el hombre más ignorante en la Ley y Justicia divina, después de haberle hecho tan sabio e infalible como el mismo Dios. ¿Tienes algo que rechazar?

C.— Nada por el momento.

R.— Pues pasemos al Padre nuestro, y observa con toda atención lo que dice el Evangelio:
<<Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu nombre;
<<Venga tu reino, sea hecha tu voluntad como en el cielo, así también en la tierra;
<<Danos hoy nuestro pan cotidiano, y perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores;
<<Y no nos metas en tentación, mas líbranos de mal, porque tuyo es el reino, y la gloria, y la potencia, por todos los siglos. Amén.>>
Esto dice el Evangelio al pie de la letra; y si esto fuera cierto, diríamos con verdad, que el Cristo, además de ser el mayor de los ignorantes en filosofía y teología natural, fue el menos conocedor de los atributos divinos, de la creación del ser humano y de la verdadera justicia; porque como filósofo y teólogo natural, sabía que somos desterrados, y como a tales, no nos corresponde que el reino de Dios venga a ser igual al destierro, y sí aspiramos a salir de aquí para volver allí. El sabía que Dios es amor y bondad infinita; mas también sabía que es justicia. ¿Por qué, pues, pedirle diariamente el pan que hemos de comer? ¿Dónde está su bondad que no nos lo da sin pedirlo, si es que lo merecemos? Y si no lo dio por no merecerlo y no pedirlo, ¿lo dará por mucho que se le pida?

C.— Pedid y se os dará, dice el Evangelio.

R.— Precisamente se está tratando de eso; ¿pero qué es lo que podemos o debemos pedir a un ser sabio, todo bondad y justicia, con la palabra?

C.— Yo creo que un hijo tiene derecho de pedir a su Padre muchas cosas, y sobre todo, siendo todo amor y bondad como lo es.

R.— Cierto; un hijo tiene todos esos derechos, mas también al Padre, que todo es justicia, le está prohibido salir de su nivel, y por lo tanto, para que el hijo pueda recibir los favores que desea, no los ha de pedir con la palabra, mas sí con sus obras hacia sus semejantes, y entonces será atendido con todo el rigor de justicia por lo que ganó con sus actos, como desatendido ha sido antes, por el mismo rigor de justicia, por las palabras sin buenas obras; y si esto no te satisface, diga Caracol algo de lo mucho que dijeron los grandes teólogos de la Iglesia. (Diccionario Apostólico, por el M. R. P. Fr. Jacinto Montarcon Caracol).
Santo Tomás dice: <<Que cuando pidamos a Dios, no le pidamos más que cosas de su justicia.>>
Según San Agustín, podemos orar y pedir a Dios; pero es menester que antes tengamos un deseo sincero de dejar el pecado; pues de otro modo la oración es irrisoria; y luego, aludiendo a San Pablo, añade: <<¡Ay, Dios mío! ¡Vuestro pueblo no pensaría jamás llegar por medio de la oración, si las necesidades temporales no les llevaran a los pies de vuestros altares! Mas no sabéis lo que pedís, cargáis al altar de votos y fatigáis al cielo, ¿por qué? por conseguir un pleito, por la cura de una enfermedad, etc., etc. Mas no conocéis vuestras necesidades esenciales; pero ¿cómo es esto? (se refiere al Cristo). ¿Podéis reprimir vuestro orgullo en la elevación? ¿Podéis moderar vuestros deleites en la opulencia? ¿Podéis sosteneros contra las dádivas que producen vanidad, contra las burlas del mundo que irritan y contra el respeto humano que acobarda? ¿Podréis hacerlo? Pues este poder es el que debéis pedir a Dios con preferencia a todo lo demás.>>
Mas también halló que invocando a los Santos se deshonra a Dios, pues se pone en el hombre una confianza que sólo debe ser en Dios.
Dice San Agustín, que para orar dignamente es necesario que aquel que ora esté en una situación que pueda ser escuchado; es indispensable que el que ora pida cosa que por su naturaleza pueda ser concedida por un Dios de bondad y justicia.
Dice San Juan Crisóstomo, que la Cananea adoraba a Dios en espíritu y verdad, porque se hallaba con las disposiciones de un corazón dócil a los preceptos de la Ley.
Dice San Juan Damaceno, que orar es pedir a Dios cosas correspondientes a su grandeza.
Vosotros pedís, por ejemplo, el suceso de una empresa; ¿qué oráculo habéis consultado? ¿Es la conciencia o la codicia la que ha decidido que solicitéis un empleo lucrativo o un cargo opulento? Pedís la elevación de vuestra familia; ¿pero habéis examinado delante de Dios si es en detrimento de otra familia, tanto o más honrada, a la que era preciso suplantar para elevaros, y de la que se trata de sacrificar en mérito a vuestra ambición? ¿Qué intentáis hacer? ¿Oráis al Señor o le insultáis? ¿No tenéis vergüenza de presumir que un Dios Sabio, un Dios Justo, un Dios Santo, haya empeñado su palabra para la ejecución de tales proyectos?
Dice el padre Sagais: Pues que habiendo venido el Salvador a enseñarnos a orar de este modo, Aquél que de siete peticiones que nos prescribió no pone más que una para las necesidades del cuerpo y todas las demás para las necesidades del alma.
Jacob dice, que debemos pedir, no los bienes temporales, mas sí los espirituales; no los bienes del cuerpo, pero sí los bienes del alma.
Dice San Daniel, que la oración ha de ser una elevación de nuestro espíritu a Dios, y nosotros oramos sin elección, por costumbre, por hábito, y que en nosotros sólo ora la boca, y que cuando pedimos a Dios que nos escuche, ni menos nos escuchamos a nosotros mismos.
En la página 392, dice San Juan Crisóstomo, que Dios es puro espíritu, y por consiguiente su culto ha de ser espiritual.
Dice el profeta Oseas, que el rico, cuando arrodillado en nuestros templos a los pies de los altares parece que adora a Dios, sucede, por lo común, que sólo adora a su oro; esto hizo decir a San Pablo, que cualquiera que da su corazón a sus riquezas, no está menos excluido del reino de Dios, que el que da incienso a los ídolos.
Dice Caracol: <<Si no os bastan estas citas, esperad un momento y os traeré otras muchas de otros muchos autores teólogos y grandes sabios, incluso Teresa de Jesús, que están conformes con ellas.>>

C.— Basta, y dispénsame que me avergüence de haberme presentado en varias partes donde recibí la adulación de muchos ignorantes que me dieron el dictado de sabio. Comprendo la mucha razón de San Pablo al tratar a los hombres de animales, porque sólo la animalidad puede ser la causa de la no comprensión filosófica, cual en poco tiempo he llegado a ver, siquiera ligeramente, con vuestra ayuda.

R.— Pues bien; ¿el Cristo sabía que el espíritu es formado de materia etérea y dotado de esencia divina? Siendo sabio debía saberlo, y no pudo decir que no nos deje caer en tentación, ni nos libre de todo mal; porque en ello pedía que Dios no fuese inmutable, puesto también sabía que tenemos libre albedrío para obrar el bien y el mal; que es el que nos hace responsables de nuestros actos en el cumplimiento de la Ley. Si lo dijo, no fue sabio ni filósofo, y mucho menos teólogo. Conque, ¿qué te parece a ti? ¿Faltaría el Cristo a su saber intelectual, o los compositores de la Biblia con su maldad?

C.— Hermano Pedro, no puedo contestar a tu pregunta otra cosa, que, constantemente he tenido mi vista fija en el nivel que al empezar pusieron ante mi vista, y no he podido ver que saliera de su centro por un solo momento; mas... ¿qué veo? ¡Santo cielo! Me dan un papel que dice: ¡Justicia a los malvados! Premio a los justos reclama... la Custodia... velada; deja que la adore de rodillas cual en otro tiempo.

R.— Basta, hermano mío; eleva tu pensamiento al Sol y adorarás en verdad, si cumples la Ley que el Cristo te recomendó en el Evangelio; pues si los compositores tuvieron razones como tentación del demonio, también el diablo los trabajó para que ellos mismos fueran descubiertos; por eso se les presenta en forma de Custodia varias veces, como lo estás viendo; mas eleva tu pensamiento al Padre y pide, como acto de instrucción, si en justicia cabe que esa forma se ponga en estado legal de su naturaleza.

C.— (Arrodillándose). Basta, hermano Pedro; no puedo resistir estas impresiones en mi ser.

R.— ¿Pero qué te pasa, puedo saberlo?

C.— Basta, no puedo más por el momento; me dicen que calle, puesto tú lo comprendes mejor que yo, y que sois...

R.— Hermano, el amor y caridad sin obras no existe; ¿por qué te retraes de hablar lo que ves?

C.— Porque me causa vergüenza lo que veo y que tantas veces he manejado entre mis manos como si fuera un objeto cualquiera para mi conciencia, mientras a otros les hacía ver lo que en realidad es en estos momentos.

R.— Dispensa, hermano, que lo que en estos momentos estás viendo, nunca ni a ninguno de tu clase se llegó a manifestar, porque teníais prohibido por juramento conocerlo, y por lo tanto, él mismo se guardó de obligaros a faltar a él hasta el presente; mas pronto será visible, y algunos de los que de buena fe quieren imitarlo tendrán ocasión de manifestarlo, tan claro como fue y es, puesto que el tiempo es llegado de pasar a ocupar su puesto de ascenso y desea antes dar testimonio de lo que fue y de lo que es.

C.— Cierto; por mi parte es por primera vez que lo veo como hombre y como Sol; mas eso no quita que como tal fuese adorado, puesto que Pablo y Mateo lo enseñan, y que cuando la escolástica enseña la adoración y consagración de la Custodia, algo se explica para el que puede comprender. ¡Y cuántas faltas de gravedad se cometen por ignorancia! Seguro estoy que si muchos supieran lo que hacen dejarían de hacerlo, aunque para mantener el cuerpo les fuera preciso trabajar duramente.

R.— Pues bien; de la misma manera que se ha presentado a tu personalidad para darte a comprender los errores que venías cometiendo con tus humillaciones ridículas, se presenta cuando es llamado para dar instrucciones a la humanidad, cuando se hace por caridad; mas volvamos al Padre nuestro, para que puedas comparar y comprender si hubo ignorancia por uno o malicia por otros.
<<Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; llévanos a tu reino, y hágase tu voluntad así en el cielo como en la tierra; mas perdona nuestras deudas, como perdonemos a nuestros deudores.>>
Estas fueron las palabras del Cristo, y desafío a todos los compositores bíblicos, por más filósofos y teólogos que sean, a que me prueben lo contrario, si piensan sostener que Jesús, llamado el Cristo, fue tan filósofo y teólogo natural como lo han sostenido, y yo lo reconozco.

C.— No esperes contestación de los hombres a tal desafío; no hay ninguno capaz de aceptarlo, por temor de perder su amor propio de sabios, y como la luz que presentas es tan clara, les anonada tanto... como a mí me anonadó varias veces antes de hallarte por primera vez.

R.— En resumen: ¿quedas conforme con mis contestaciones a tus preguntas?

C.— Para no quedar satisfecho era preciso que mi inteligencia fuera tan pobre, como los más pobres espíritus que me han hablado e imposibilitado de salir del radio terráqueo; y por cierto, que con las pruebas que he recibido comprendo no estar en tal caso.

R.— ¿Tienes algo más que preguntar por el momento?

C.— No, por hoy basta; volveré si me lo permites, por más que me pegues palos, cual hoy lo has hecho, puesto que de ellos resultan, luego de recibirlos, tan agradables sorpresas. Gracias por todo, y hasta otro día.


Católico.— Hermano Pedro, ya me tienes a tu lado abusando, tal vez, de tu paciencia; pero yo no puedo pasar sin hacerte preguntas que me ocurren respecto a tus dichos y escritos que no puedo comprender, por más que, a tu estilo, me hayas de pegar alguna paliza.

Renegado.— ¿Luego crees que la mereces?

C.— Hombre, todos pecamos, y como tú tienes la moda de no perdonar nada, es menester prevenirse antes de hablar contigo, para recibir el pago que acostumbras a dar a los que como yo no se fijan en faltas que cometemos por ignorancia.

R.— ¿Desde cuándo es moda no ser justicieros los hombres?

C.— Hombre, he dicho la moda, por lo mucho que me tenían acostumbrado a la adulación toda clase de hombres; y que tú no la usas, al menos desde que te conozco; luego para mí es una moda que hallo de no perdonar las faltas que cometo, en vez de adularlas, como los demás lo acostumbran en general.

R.— La hipocresía y la adulación es propia de los hombres de la tierra, como impropia de los espíritus hombres que no pertenecen a ella, y sino observa bien por ti mismo, di en público de qué tratamos en nuestras conferencias, y verás que pronto tus numerosos amigos huyen de tu lado y la mayoría de ellos se tornarán en enemigos acérrimos que te rebajarán más, mucho más, que lo que te ensalzaron; mientras que los míos, cuantas más verdades descubra en la tierra, más y más me ensalzan fuera de ella.

C.— En cuanto a mí has dicho gran verdad; pero en cuanto a ti, es lo que ignoro como puedes saberlo; y a propósito: ¿quieres explicarme por qué hablas con tanta seguridad?

R.— Porque tengo mis razones para ello, como tú las tienes para decir que he dicho gran verdad en cuanto a tus amigos.

C.— ¿Luego tú sabes lo que tus amigos espíritus te preparan para cuando dejes la tierra?

R.— Sí, y antes también, como lo demuestro en mi <<Última Locura>>.

C.— No la he visto; pero dejándola para otra ocasión, desearía me contestases a las preguntas que pensaba hacerte en esta entrevista.

R.— Di, ¿qué deseas saber?

C.— Primera: ¿Con qué medios cuentas para asegurar cuanto dices de fuera de la tierra y de su centro?

R.— Creo que ya lo tengo manifestado varias veces, que no soy otra cosa que un intérprete entre los Ángeles Guardianes, regentadores y otros, y los hombres de la tierra para descubrir lo que otros hombres e intérpretes taparon y aclarar lo que enturbiaron.

C.— Pero eso no me satisface, puesto que tú dices que la verdad sólo la hallas en el centro Solar, donde está el exacto nivel.

R.— Pues bien, escucha con atención y procura que no te engañe, porque la vanidad pudiera llevarme más allá de lo justo; pero tú ya sabes cómo lo conocerás, ¿no es verdad?

(Continuará)

Imp. de P. ORTEGA, Aribau, 13 - Barcelona

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