EL JESUITA BLANCO
Defensor del Deísmo y Cristianismo Verdad
A S. S. PÍO X
Sobre su carta Encíclica del 4 Octubre 1903

Precio: 20 céntimos
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DE VENTA
Calle Abaixadors, 10, 3º, 1ª y Valencia, 526 (San Martín)

Barcelona 1906

Portada: 1ª Edición 1906

Información

EL JESUITA BLANCO defensor del Deísmo y Cristianismo Verdad

A S. S. PÍO X

Sobre su Carta Encíclica del 4 Octubre 1903
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SANTIDAD:

Aunque vuestra carta solo va dirigida a las altas dignidades de la Sede Apostólica, me es indispensable tomar parte en ella por encontrar, que a pesar de prometer en su párrafo 5º que todos sus esfuerzos serán dirigidos a restaurar las cosas en Cristo, se niega a éste y a Dios en sus atributos y se manda que así lo hagan y enseñen sus secundarios. Pues de no ser así, ningún derecho tendríamos a tomar parte en esta defensa. Pudiera ocurrir que me juzguéis indigno de ella por pertenecer a la última clase de los hombres, en la tierra, pero usando el lenguaje del alma, cuya obligación tiene, para hablar con Dios diariamente, todo el que ha entrado en el estado religioso; podréis saber que en el Sol de Justicia, están las puertas abiertas, lo mismo para los Papas que para los pastores de cuadrúpedos, pues se mira mucho el cumplimiento de la ley de Dios, y nada a las categorías terrestres, miramiento que coincide con los cargos espirituales que cada cual recibe, medio por el cual debéis saber si mis observaciones son justas o no lo son; así como para examinar los adjuntos escritos para que en justicia deliberéis libremente, según el estado de vuestra conciencia, y en el caso de vuestra aprobación, decidme que marche a vanguardia seguro que no pararé hasta colocaros en el pedestal que tanto prometéis en el párrafo 5º de vuestra mencionada Carta; mas, en caso contrario, espero me mandéis la excomunión mayor, como regalo de la Esposa que se titula del Señor.

Hacemos nuestro el mencionado párrafo 5º, como, indudablemente lo harán todos los verdaderos deístas y cristianos; pero aborrezco el 14 en su segunda mitad, por ser anticristiano. La Iglesia fundada por Cristo es la que fundó cuando dijo: <<ama a tu prójimo como a ti mismo>>, y por ello le quitaron la vida. Estos son los cimientos de toda la religión verdad puesto que es divina y no habiendo más que un Dios no caben dos religiones verdad. Lo demás del edificio, son los atributos que le concedéis al Creador, y el lenguaje espiritual para que las almas puedan saber quiénes son, de dónde han venido, por qué, para qué, y a dónde deben marchar, sin que tenga que meterse en los matrimonios, infancia y menos aún en los bienes temporales, ni en la administración de la cosa Pública, puesto que es imposible servir a Dios y a Belcebú a un mismo tiempo. Para que esta Iglesia sea respetada y obedecida en las cosas del alma, debe ella respetar y obedecer las leyes civiles como terrenales que son, dando de este modo a Dios y al César lo que a cada uno corresponde. No siendo de este modo ¿cómo es posible la paz ni la unión de la humanidad? Enseñar a esos hombres tan malos que decís en vuestra Carta con el ejemplo y probarles que con la reencarnación tendrán que volver a pagar todo lo malo que hicieron a sus semejantes, y no dudéis, que entonces, llegará la unión del género humano y la tierra tendrá su ascenso moral; mas con la dirección que dais o aconsejáis que den los Obispos a los jóvenes estudiantes, es extraviarlos del camino que su Santidad ha prometido seguir. El decir esto es, porque habiendo leído el Concilio de Trento que recomienda en su Carta para la formación de sacerdotes, tan sólo hemos hallado como verdad cristiana la de que tenemos libre albedrío. Todo lo demás lo hallamos dogmático y anticristiano. En el párrafo 8º retratáis los hechos de los hijos de la que fue Esposa del Señor y sus resultados, a la perfección. Comprendo que al escribirlo, por más que lo sepáis de fe cierta, ignorabais tal declaración como la negación que hacéis a Dios del atributo de inmutabilidad y ¿en esas escrituras que mencionáis, no habéis hallado que debemos tomar reencarnación en la tierra?, pues claro está en Juan, capítulo 3º, vers. 3º y Pablo 1ª. a los Corintios capítulo 15; mas también comprendo que habiéndolas hallado, no habéis querido considerar que por esa ley tan justa no podéis dejar el destierro, hasta que hayáis padecido tanto en beneficio de vuestros semejantes, como a ellos hicisteis padecer, de lo cual depende la diferencia de clases. Por tanto, sabed: que cuantas espinas estáis sembrando volveréis a pasar por ellas, hasta que con paciencia y resignación las hayáis cortado. Solo bajo este precio, pueden ser perdonadas las faltas espirituales que cometemos hacia nuestros semejantes como lo explica Mateo 12-31: <<Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, mas los pecados contra el espíritu no serán perdonados>>. Lo repite Lucas 12-10; y puesto que en los adjuntos folletos hallaréis datos para la comprobación de vuestra Carta, prefiero hacer aclaración pura del caso que en la actualidad representamos y debemos representar, para beneficio de la humanidad, sirviendo de intermediarios entre los guías protectores y los protegidos terrestres para que la tierra reciba el progreso moral que le corresponde.

Representamos un matrimonio ideal, entre el Cristo y la Iglesia Católica y Romana, antes Esposa del Señor.

La venida de Cristo a la tierra tuvo por objeto recordar al género humano la ley que Dios impuso al espíritu cuando se le unió el alma y en brazos del protector le manda recorrer la pluralidad de mundos, que dice: <<Amor, Paz y Caridad te encomiendo con todos tus semejantes; no volverás a mi lado hasta que así hayas cumplido; llevas contigo libre albedrío>>. Hallándose la humanidad en la tierra ignorante de tal encargo por habérsele olvidado y pues que otros como Moisés la comprendieron y retuvieron, Jesús pidió venir al destierro a cumplir tal enseñanza por propia voluntad, pues por su adelanto en la escala no podía ser desterrado forzoso. A pesar de ver desde allí los padecimientos futuros, los comparó con los beneficios que podía prestar a sus semejantes y despreció los primeros para tomar los segundos. Vino como los demás hombres.

Ya en la tierra, cuando el tiempo le fue propicio, estableció la religión divina con el dicho y la práctica de "Ama a tu prójimo como quieras que te amen a ti que así amas al Padre que está en los cielos". Esta es la religión y los profetas, y como en ello tiró ocho mandatos de la ley de Moisés, fue causa bastante para que los judíos le quitaran la vida como se la quitaron a los Apóstoles y a cuantos tal religión defendían, desapareciendo hasta el nombre por algún tiempo. Mas tarde, se formó una sociedad secreta con el nombre de Esposa del Señor, viviendo ocultamente a la sombra de la Masonería porque ésta, no era perseguida por los gentiles ni los druidas. Sus prácticas eran la comunidad. Tenían como gobernante un hombre con el nombre de Obispo para la dirección y gobierno de los hombres; una mujer llamada diaconisa para las mujeres, y otro hombre llamado diácono para administrar los bienes de la comunidad. El año 156 estableció la tal Esposa el bautismo con agua para obligar a los que lo recibían a permanecer en la sociedad y recogió el anatema judío para atemorizar a los que por no agradarles procuraban separarse de ella. Así llegó hasta el año 324 que todo un San Silvestre la hizo adúltera y prostituta. Expliquemos estas palabras.

El nuevo pacto que Jesús hizo con los Apóstoles fue, el que no admitieran como religiosos nada de judíos ni gentiles, pues les bastaba con el cumplimiento a la ley de Dios; por tanto al recoger el anatema y la confesión o perdón de pecados que pertenece al viejo testamento revocado por el Esposo se hizo adúltera y prostituta al aceptar las imágenes e ídolos de los gentiles. Desde aquella fecha empezó a reinar el antecristo, o sea, las cosas contra su luz en todo cuanto a la adúltera ha podido alcanzar bajo la más pulcra hipocresía llegando al extremo de ordenar a sus hijos que, el ídolo de Cristo, lo lleven colgado hasta en los casos que van a cometer crímenes inocentes y que lo hagan en su nombre. De día en día, fue metiéndose en fangos tan profundos, que ya le llegan al pescuezo y teme que de un momento a otro le tapen la respiración y la ahoguen.

S. S. como representante nombrado por ella, pide que vuelva al Esposo, no solo con la inmundicia que lleva sobre sí, sino aconsejando que la lleve adelante cual consta en los consejos que da a los Obispos para crear sacerdotes; pero si a S. S. le corresponde la defensa de la adúltera prostituta, a nosotros nos corresponde, la defensa del Esposo honrado y decimos en su nombre: <<que es imposible la unión al Esposo, sin que se limpie primero de todas las inmundicias y asquerosidades que ha recogido y sembrado desde el año 100 de nuestra era hasta la fecha>>, y segundo: <<la purificación y arrepentimiento con hechos de que el orgullo, egoísmo y vanidad han desaparecido de ella y no siendo bajo las expuestas condiciones prefiere el cumplimiento del capítulo 19 de la Apocalipsis>>. Ya sabe, el representante de la Esposa adúltera, las condiciones que le impone el Esposo para poder volver a sus brazos tan puros como el primer día que la recibió. Con lo que se despide de S. S. con el debido respeto su S.S.

Q. S. M. B.
El Jesuita Blanco


EL JESUITA BLANCO defensor del Deísmo
y Cristianismo Verdad a S. S. PÍO X.

Carta 3ª.

SANTIDAD:

En mi primera carta me ofrecía trabajar hasta colocaros en el pedestal que marcáis en el párrafo 5º de vuestra encíclica y no he recibido contestación.

En la segunda os suplicaba me manifestaseis si sería atendida mi consulta por escrito y reservada y tampoco me ha contestado. Esto no concuerda con los párrafos de su discurso en el primer consistorio y que ha llegado hasta nosotros. Y creemos conveniente decirle que ha procedido como hombre material, no como papa espiritual, y para que vea que comprendemos estas dos partes, vamos a probarlo.

Por los años 1836 a 1840 y en el pueblo de Villalacre, provincia de Burgos, España, se encontraba un niño huérfano de padre y madre, andrajoso, escrofuloso, hambriento, desechado y despreciado por sus fealdades. Este es el ser que como hombre han despreciado, S. E. el Cardenal Casañas y su S. S. Pío X, no contestando a preguntas que para la comprensión espiritual os ha hecho, ¡justo castigo a su atrevimiento!

Prosigamos: El mismo en 1851 y 52 se encuentra, el mismo niño, en villa Carriedo, provincia de Santander, aprendiendo a conocer y hacer letras y acostándose muchos días con algún trago de agua por no tener otro alimento, pues la sopa del convento no todos los días la podía recibir su estómago. Los buenos de los Escolapios se dieron maña para que sobre todo metiera en su cerebro la doctrina cristiana del padre Astete. Al estudiar los atributos que allí se le conceden al Creador y las maneras de orar, cayeron dos gotas de rocío sobre su corazón que nunca más se secaron; pero ¿cual fue el efecto que causó a su alma al hallar el Cielo, Infierno, Purgatorio y Limbo? es indescriptible. ¿Quién le indicaría el como hacer uso del lenguaje mental? Todos cuantos medios buscó fueron inútiles, hasta el año 1880, que la cáscara de un caracol de mar fue la causa de encontrar quien le sirviera de maestro para aprenderlo, usarlo y enseñarlo. Usando ese lenguaje mental supo que las almas de los obispos, cardenales, papas y demás humanos son todas hijas del mismo Padre, y quien desprecia a uno de sus hermanos por creerlo inferior, desprecia al Padre mismo. La ley manda que se ame al prójimo como a si propio y en el caso presente recarga la falta por tratarse de Directores de almas, según los hombres.

Entonces supo también que es imposible penetrar las almas de los verdaderos católicos romanos en el reino de los cielos sin volver a nacer de nuevo y pagar los perjuicios que causa a sus semejantes con el celibato forzoso, el bautismo con agua, la adoración de imágenes o ídolos, y el perdón de pecados.

1º— La primera es falta de toda gravedad por ser contra la ley de la procreación natural, desde que empezó la segunda época de la tierra.

2º— La segunda roba el libre albedrío que todo ser recibe de su Creador para cumplir la ley de amor y caridad con todos sus semejantes.

3º— La tercera prohíbe que los espíritus se eleven al Creador y puedan hablar con Él por medio de la meditación, pues los distrae el ídolo o imagen.

4º— Nuestro Creador por el atributo de justicia que posee y que Roma le concede no es posible que perdone a ninguno de sus hijos la falta más leve que cometa a uno de sus semejantes; como no castigará por mucho que contra Él se diga y se haga por tener el atributo de inmutable. Él, tan solo nos impone el castigo de que no volvamos a su lado mientras no hagamos a nuestros semejantes espirituales, todo lo que queremos que nos hagan a nosotros. Para este fin, nos concede que un hermano superior a nosotros nos acompañe por la pluralidad de mundos hasta que por nuestra voluntad queramos cumplir y volver a su lado. También por Misericordia concede que sus hijos tomen tantas encarnaciones como les sean necesarias, pues a no ser así tampoco sería completo el libre albedrío. Cuando se deja una materia, las almas, ven sus cuentas retrasadas y la diferencia de situación de los que han cumplido, entonces piden volver a la tierra con más o menos padecimientos; de ahí vienen las diferencias de posición social humana como resulta ser la de aquel escrofuloso desamparado de los hombres y hoy despreciado de ustedes. ¿No es verdad que es grande la diferencia social que nos separa? y no obstante nuestras almas son hermanas ¿os atreveréis también a negarle ese parentesco? Como hijos de la gran Ramera todo es posible, puesto que pretendéis tener más poder que nuestro Padre para perdonar pecados, mas como hijos de un Padre, me consta que cuesta a vuestra alma raudales de lágrimas, solo al pensar, que a pesar del desprecio no habéis podido revocar la cosa más pequeña de los opúsculos que remití en la carta primera.

Supo también, que Jesús, llamado el Cristo, no tuvo más predilección para venir a la tierra que el buen deseo de que los desterrados, un día más próximo, disfrutaran de los beneficios que él disfrutaba. Para mejor acierto dejó a su protector el libre albedrío, pues comprendió desde la Nueva Jerusalén, las grandes dificultades que se pondrían a su paso. Que tomó encarnación como la tomó S. S. y este mendigo (del modo que os enseña la Escolástica) pues habiendo tenido otra preferencia, el Padre no hubiera sido justo ni él hubiera ganado mérito sobre los demás, que antes que él habían venido con la misma misión; que se encontró con una sociedad secreta (=1=) en donde aprendió el lenguaje espiritual y no pudo resistir que allí se encerrase la luz del alma sin que la demás humanidad pudiera disfrutar de ella, por ignorancia, pero al penetrar había jurado guardar los secretos de la tal sociedad ¿cuál sería la amargura que pasó su alma hasta la determinación de su estado? solo podemos llegar a comprenderla, un poco, poniéndonos en su caso; ¡lucha terrible! El alma lucha por el cumplimiento de la ley de Amor, Paz y Caridad que no quiere que esté encerrada en un corto recinto, pero para ello debe exponer su cuerpo a dos vergüenzas: la primera, pasar por perjuro entre todos sus consocios y por lo tanto despreciado de todos; la segunda pasar por la vergüenza pública y llegar hasta la cruz. Además sabía que para implantar la ley de Dios era preciso tirar la de Moisés y los judíos no le perdonarían tal hecho y en aquellos tiempos no estaba en uso otro modo de quitar la vida a quien como él faltaba a las leyes de los hombres. Venció el alma el temor y cobardía del cuerpo y ganó la gran corona de regentador de la Nueva Jerusalén a la cual pertenece la tierra como destierro. En esto y solo en esto consiste su gran mérito sobre los demás hombres. El solo trajo la misión de enseñar al género humano el medio de que pueda redimirse cuando sea su voluntad; no a redimir a ninguno, por eso dejó marcado el camino con su ley, sin cuyo cumplimiento ninguno puede atravesar la muralla atmosférica que circunda la tierra. Que al dejar el cuerpo en la cruz la forma fue al centro solar para volver a la Nueva Jerusalén, desde donde, por siglos, ha sido rey de reyes. La forma de hombre que se elevó fue la misma que de allí vino, quedando aquí el cuerpo carnal porque aquí fue tomado y las leyes de gravedad y de naturaleza no pueden quebrantarse. Que su madre material tuvo todos los méritos de las buenas madres, pero nada más. Que los mayores cuidados para su hijo, único, que empleó fue para curarle de la locura de hablar de la ley por lo que el mundo lo despreciaba de cuyo desprecio disfrutaba ella y los demás hijos de José, su esposo, habidos anteriormente con otra esposa.

También nos hemos enterado de vuestro limbo, purgatorio, cielo e infierno con su crujir de dientes, pero los hallamos bastante diferentes, puesto que como eterno solo hallamos lo que llamáis gloria, los demás son temporales. El limbo es lo más próximo a la costra de la tierra, donde habitan las formas de los humanos que, al dejar la materia, no tienen conocimiento de su estado por falta de cumplimiento a la ley. No todos son felices, pues conservan entre sí las pasiones y rencores como cuando dejaron la materia, padeciendo doblemente porque la ley espiritual les impide hacer el uso que hicieron siendo hombres, y en tal estado se hallan hasta que otros hermanos por caridad los conducen al estudio para poder volver a tomar encarnación en la costra o en el centro terráqueo.

El purgatorio, lo hallamos en la raya atmosférica, pues los que allá habitan sienten en gran manera los padecimientos morales, viendo la gran luz del otro lado y no la pueden alcanzar, pero es doble su padecimiento cuando recuerdan lo mucho que dejaron por hacer pudiendo haberlo hecho en beneficio de sus semejantes y esperan también salir de tal situación como los anteriores.

El infierno, lo hallamos en el centro de la tierra en donde habitan seres humanos con variación en las formas, pues los hay que de medio cuerpo para abajo forman con las piernas la cola del pescado. También las maneras de vivir son distintas, el fuego y el calor no se conocen, todo se halla cargado de humedad y en su mayor parte el terreno es fangoso en el que hemos visto introducirse algunos desterrados para tomar encarnación, después de una desesperación horrorosa. Citaremos un solo caso para no amedrentar a los que lo lean. En una de nuestras excursiones nos hallamos con un espíritu que presenciaba la corriente de un manantial de agua clara y abundante sin que él pudiera lograr conseguir una sola gota, lo que debía causarle gran tormento según sus gestos; por fin se le presentó otro ser figurando a una de nuestras monjas de la caridad con una bandeja y una hermosa copa en una mano y una jarra en la otra; la figura humana se acercó tanto al ver el agua que avanzó a cogerla, pero en aquel momento se vertió el agua sin que sus labios la pudieran tocar. Llenó por segunda vez la copa la monja y ocurrió la propio. La llenó por tercera vez y la tiró diciendo, al que tanta sed tenía y tan desesperado se hallaba: <<Lo propio hiciste tú a tus hermanos, con el pan del alma>> y le entregó un pequeño trozo de papel que le acabó de desesperar. Cuando se cansó de revolcarse por el suelo se introdujo por el fango putrefacto cual lo verifican los topos en la tierra.

Esto y mucho más como ya sabe S. S. es lo que ha visto y ha comprendido el alma despreciada por un cardenal y un llamado papa por los hombres. ¡Dios se lo pague! Mas no obstante de sus desprecios me es indispensable continuar la obra presente hasta probarles que no son sucesores de Cristo ni nombrados por Dios como representantes en la tierra, valiéndome de la historia y sujetándome a los atributos que sus doctrinas conceden al Padre Creador como punto de partida de toda discusión filosófica.

En el párrafo 1º de su Encíclica dice S. S. que ha sido nombrado papa por Dios para apacentar el rebaño de Jesucristo. Para que tal dicho fuera verdad era preciso que Dios dejara de poseer el atributo de justo por el que ya hemos dicho arriba que el catolicismo y por lo tanto su representante el papa cometen cuatro pecados a la ley de Dios y no podemos creer tal afirmación porque el amor y justicia divina son inquebrantables. En cuanto al rebaño de Jesucristo ¿quién se lo confió? Los dogmas impuestos por los propios hijos de la que fue Esposa del Señor, como luego probaremos, en cuanto a Cristo dejó a todos los Apóstoles con los mismos poderes y facultades, Lucas, 22, vers. 22 a 30 y para más aclaración véase el discurso que lo hacemos nuestro por hallarlo conforme con la historia de los papas.

DISCURSO DEL OBISPO STROSSMAYER
SOBRE LA INFALIBILIDAD PAPAL
VENERABLES PADRES Y HERMANOS:

No sin temor, pero con una conciencia libre, tranquila ante Dios que vive y me ve, tomo la palabra en medio de vosotros en esta augusta asamblea.

Desde que me hallo sentado aquí con vosotros, he seguido con atención los discursos que se han pronunciado en esta sala, ansiando con grande anhelo que un rayo de luz, descendiendo de arriba, iluminase los ojos de mi inteligencia, y me permitiese votar los cánones de este santo Concilio Ecuménico con perfecto conocimiento de causa.

Penetrado del sentimiento de responsabilidad, por lo cual Dios me pedirá cuenta, me he puesto a estudiar, con escrupulosa atención, los escritos del Antiguo y Nuevo Testamento; y he interrogado a estos venerables monumentos de la verdad para que me diesen a saber si el santo Pontífice, que preside aquí, es verdaderamente el sucesor de San Pedro, Vicario de Jesucristo, e infalible doctor de la Iglesia.

Para resolver esta grave cuestión, me he visto precisado a ignorar el estado actual de las cosas, y transportarme en imaginación, con la antorcha del Evangelio en las manos, a los tiempos en que ni el ultramontanismo ni el galicanismo existían, y en los cuales la Iglesia tenía por doctores a S. Pablo, S. Pedro, Santiago y S. Juan, doctores a quienes nadie puede negar la autoridad Divina sin poner en duda lo que la Santa Biblia, que tengo delante, nos enseña, y la cual el Concilio de Trento proclamó la regla de fe y de moral.

He abierto, pues, estas sagradas páginas; y bien, ¿me atreveré a decirlo? Nada he encontrado que sancione próxima o remotamente la opinión de los ultramontanos. Aún es mayor mi sorpresa, porque no encuentro en los tiempos Apostólicos nada que haya sido cuestión de un Papa sucesor de S. Pedro y Vicario de Jesucristo, como tampoco de Mahoma que no existía aún.

Vos, Monseñor Maunig, diréis que blasfemo; vos, Monseñor Pío, diréis que estoy demente. ¡No, monseñores; no blasfemo ni estoy loco! Ahora bien; habiendo leído todo el Nuevo Testamento, declaro ante Dios con mi mano elevada al gran Crucifijo, que ningún vestigio he podido encontrar del Papado tal como existe ahora.

No me rehuséis vuestra atención, mis venerables hermanos, y con vuestros murmullos e interrupciones justifiquéis a los que dicen, como el Padre Jacinto, que este Concilio no es libre, porque vuestros votos han sido de antemano impuestos. Si tal fuese el hecho, esta Augusta Asamblea, hacia la cual las miradas de todo el mundo están dirigidas, caería en el más grande descrédito.

Si deseáis que sea grande, debemos ser libres.

Agradezco a su excelencia Monseñor Dupanloup el signo de aprobación que hace con la cabeza. Esto me alienta y prosigo.

Leyendo, pues, los santos libros con toda la atención de que el Señor me ha hecho capaz, no encuentro un solo capítulo, o un corto versículo, en el cual dé a San Pedro la jefatura sobre los Apóstoles, sus colaboradores.

Si Simón, el hijo de Jonás, hubiese sido lo que hoy día creemos sea Su Santidad Pío IX, extraño es que nos les hubiese dicho: --"Cuando haya ascendido a mi Padre, debéis todos obedecer a Simón, Pedro, así como ahora me obedecéis a mí. Le establezco por mi Vicario en la tierra".

No solamente calla Cristo sobre este particular, sino que piensa tan poco en dar una cabeza a la Iglesia, que cuando promete tronos, a sus Apóstoles, para juzgar las doce tribus de Israel (Mateo, cap. 19, vers. 28) les promete doce, uno para cada uno, sin decir que entre dichos tronos, uno sería más elevado, el cual pertenecería a Pedro. Indudablemente si tal hubiese sido su intento, lo indicaría. ¿Qué hemos de decir de su silencio? La lógica nos conduce a la conclusión de que Cristo no quiso elevar a Pedro a la cabeza del Colegio Apostólico.

Cuando Cristo envió los Apóstoles a conquistar el mundo, a todos igualmente dio el poder de ligar y desligar y a todos dio la promesa del Espíritu Santo. Permitidme repetirlo: si El hubiese querido constituir a Pedro su Vicario le hubiese dado el mando supremo sobre su ejército espiritual.

Cristo, así lo dice la Santa Escritura, prohibió a Pedro y a sus colegas reinar o ejercer señorío, o tener potestad sobre los fieles, como hacen los reyes de los Gentiles (Lucas, 22, 25 y 26). Si San Pedro hubiese sido elegido Papa, Jesús no diría esto; porque, según nuestra tradición, el Papa ya tiene en sus manos dos espadas, símbolos del poder espiritual y temporal.

Hay una cosa que me ha sorprendido muchísimo. Resolviéndola en mi mente, me he dicho a mí mismo: si Pedro hubiese sido elegido Papa, ¿se permitiría a sus colegas enviarle con S. Juan a Somaria para anunciar el Evangelio del Hijo de Dios? (Hec. 8, 14).

¿Que os parecería, venerables hermanos, si nos permitiésemos ahora mismo enviar a su Santidad Pío IX y a su eminencia Monseñor Plantier al Patriarca de Constantinopla para persuadirle de que pusiese fin al cisma de Oriente?

Mas, he aquí otro hecho de mayor importancia. Un Concilio Ecuménico se reúne en Jerusalén para decidir cuestiones que dividían a los fieles. ¿Quién debiera convocar ese Concilio, si S. Pedro fuese Papa? Claramente, S. Pedro o su delegado. ¿Quién debiera presidirlo? S. Pedro o su delegado. ¿Quién debiera formar o promulgar los cánones? S. Pedro. Pues bien; ¡nada de esto sucedió! Nuestro Apóstol asistió al Concilio, así como los demás, pero no fue él quien reasumió la discusión, sino Santiago; y cuando se promulgaron los decretos se hizo en nombre de los Apóstoles, Ancianos y hermanos. (Hech. cap. 15).

¿Es esta la práctica de nuestra Iglesia?

Cuanto más lo examino, ¡oh venerables hermanos! tanto más estoy convencido que en las sagradas Escrituras el hijo de Jonás no parece ser el primero. Ahora bien; mientras nosotros enseñamos que la Iglesia está edificada sobre S. Pedro, San Pablo, cuya autoridad no puede dudarse, dice, en su Epístola a los Efesios (cap. 2, v. 20), que está edificada sobre el fundamento de los Apóstoles y Profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesu-Cristo mismo.

Este mismo Apóstol cree tan poco en la supremacía de Pedro, que abiertamente culpa a los que dicen "somos de Pablo, somos de Apolo" (1ª. Corintios, 1 y 12), así como culparía a los que dijesen, "somos de Pedro". Si este último Apóstol hubiese sido el Vicario de Cristo, S. Pablo se hubiera guardado bien de no censurar con tanta violencia a los que pertenecen a su propio colega.

El mismo Apóstol Pablo al enumerar los oficios de la Iglesia, menciona Apóstoles, Profetas, Evangelistas, Doctores y Pastores.

¿Es creíble, mis venerables hermanos, que S. Pablo, el gran Apóstol de los Gentiles, olvidase el primero de estos oficios, --el Papado-- si el Papado fuera de divina Institución? Ese olvido me parece tan imposible como el de un historiador de este Concilio que no hiciese mención de Su Santidad Pío IX (Varias voces: ¡Silencio, hereje, silencio!).

Calmaos, venerables hermanos, que todavía no he concluido. Impidiéndome que prosiga os demostraríais al mundo prontos a hacer injusticia, cerrando la boca del último miembro de esta Asamblea. (Continuaré)

El Apóstol Pablo no hace mención en ninguna de sus epístolas a las diferentes Iglesias, de la primacía de Pedro. ¿Si esta Primacía existiese, si, en una palabra, la Iglesia hubiese tenido una cabeza suprema dentro de sí, infalible en enseñanza, podría el gran Apóstol de los Gentiles olvidarse de mencionarla? ¡Qué digo! Más probable es que hubiere escrito una larga Epístola sobre esta importante materia. Entonces, cuando el edificio de la doctrina cristiana fue erigido, ¿podría, como lo hace, olvidarse de la fundación, de la clave del arco? Ahora bien; (si no opináis que la Iglesia de los Apóstoles fue herética, lo que ninguno de vosotros desearía ni osaría decir) estamos obligados a confesar que la Iglesia nunca fue más bella, más pura ni más santa que en los tiempos en que no hubo Papa. (No es verdad, no es verdad). No diga Monseñor de Laval "no". Si alguno de vosotros, mis venerables hermanos, se atreve a pensar que la Iglesia que tiene hoy un Papa por cabeza, es más firme en la fe, más pura en la moralidad, que la Iglesia Apostólica, dígalo abiertamente ante el Universo, puesto que este recinto es un centro desde el cual nuestras palabras vuelan de polo a polo. Prosigo.

Ni en los escritos de S. Pablo, S. Juan o Santiago descubro traza alguna o germen del poder Papal; S. Lucas, el historiador de los trabajos misioneros de los Apóstoles, guarda silencio sobre este importantísimo asunto. El silencio de estos hombres santos, cuyos escritos forman parte del canon de las divinamente inspiradas Escrituras, no parece tan penoso o imposible, si Pedro fuese Papa, y tan inexcusable como si Thiers, escribiendo la historia de Bonaparte, omitiese el título de Emperador.

Veo delante de mí un miembro de la Asamblea, que dice, señalándome con el dedo: "¡Ahí está un obispo cismático, que se ha introducido entre nosotros con falsa bandera!".

No, no, mis venerables hermanos; no he entrado en esta augusta asamblea como un ladrón, por la ventana, sino por la puerta como vosotros; mi título de obispo me dio derecho a ello, así como mi conciencia cristiana me obliga hablar y decir lo que creo ser la verdad.

Lo que más me ha sorprendido y que, además, se puede demostrar, es el silencio del mismo San Pedro. Si el Apóstol fuese lo que le proclamáis que fue --es decir, Vicario de Jesucristo en la tierra--, él al menos debería saberlo. Si lo sabía, ¿cómo sucede que ni una vez sola obró como Papa? Podría haberlo dicho el día de Pentecostés, cuando predicó su primer sermón, y no lo hizo; en el Concilio de Jerusalén, y no lo hizo, en Antioquía, y no lo hizo, como tampoco lo hace en las dos Epístolas que dirige a la Iglesia.

¿Podéis imaginaros un tal Papa, mis venerables hermanos, si Pedro era Papa?

Resulta, pues, que si queréis mantener que fue Papa, la consecuencia natural es, que él no lo sabía. Ahora pregunto a todo el que tenga cabeza conque pensar y mente conque reflexionar: ¿Son posibles estas dos suposiciones?

Pero escucho decir por todos lados: Pues qué, ¿no estuvo San Pedro en Roma? ¿No fue crucificado con la cabeza abajo? ¿No se hallan los lugares donde enseñó, y los altares donde dijo misa, en esta ciudad eterna?

Que San Pedro haya estado en Roma, reposa, mis venerables hermanos, sólo sobre la tradición; mas aún, si hubiese sido obispo de Roma, ¿cómo podéis probar de su episcopado su supremacía? Scaligero, uno de los hombre eruditos, no vacila en decir, que el episcopado de San Pedro y su residencia en Roma deben clasificarse con las leyendas más ridículas. (Repetidas voces: "¡tapadle la boca, tapadle la boca; hacedle descender de esa cátedra!")

Venerables hermanos, estoy pronto a callarme; mas ¿no es mejor en una Asamblea como la nuestra, probar todas las cosas como manda el Apóstol, y creer solo lo que es bueno? Pero mis venerables amigos, tenemos un dictador, ante el cual todos debemos postrarnos y callar, aún su Santidad Pío Nono, e inclinar la cabeza. Este dictador es la Historia.

Esto no es como un legendario que se puede formar al estilo que el alfarero hace su barro, sino como un diamante que esculpe en el cristal palabras indelebles. Hasta ahora me he apoyado sólo en ella, y no encuentro vestigio alguno del Papado en los tiempos Apostólicos; la falta es suya no mía. ¿Queréis quizá colocarme en la posición de un acusado de mentira? Hacedlo si podéis.

Oigo a la derecha estas palabras: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia." (Mateo, 16 y 18).

Contestaré esta objeción después, mis venerables hermanos; mas, antes de hacerlo, deseo presentaros el resultado de mis investigaciones históricas.

No hallando ningún vestigio del Papado en los tiempos Apostólicos, me dije a mí mismo: quizás hallaré lo que ando buscando en los anales de la Iglesia.

Pues bien, lo digo francamente, busqué el Papa en los cuatro primeros siglos, y no he podido dar con él.

Espero que ninguno de vosotros dudará de la gran autoridad del Santo Obispo de Hipona, el gran y bendito San Agustín.

Este piadoso doctor, honor y gloria de la Iglesia Católica, fue secretario en el Concilio de Melive. En los decretos de esa venerable asamblea se hallan estas palabras significativas: "Todo el que apelase a los de la otra parte del mar, no será admitido a la comunión por ninguno en el África."

Los obispos de África reconocían tan poco al obispo de Roma, que castigan con excomunión a los que recurriesen a su arbitrio.

Estos mismos obispos, en el sexto Concilio de Cartago, celebrado bajo Aurelio, obispo de dicha ciudad, escribiendo a Celestino, obispo de Roma, amonestándole que no recibiese apelaciones de los obispos, sacerdotes o clérigos de África; que no enviase más legados y comisionados y que no introdujese el orgullo humano en la Iglesia.

Que el Patriarca de Roma había desde los primeros tiempos tratado de atraerse a sí mismo toda la autoridad, es un hecho evidente; y lo es un hecho igualmente evidente que no poseía la supremacía que los ultramontanos le atribuyen. Si la poseyese, ¿osarían los obispos de África, San Agustín entre ellos, prohibir apelaciones a los decretos de su supremo tribunal?

Lo confieso, sin embargo, que el Patriarca de Roma ocupaba el primer puesto. Una de las leyes de Justiniano dice: "Mandamos, conforme a la definición de los cuatro Concilios, que el Santo Papa de la antigua Roma sea el primero de los obispos y que su alteza el arzobispo de Constantinopla, que es la nueva Roma, sea el segundo." Inclínate, pues, a la supremacía del Papa, me diréis.

No corráis tan apresurados a esa conclusión, mis venerables hermanos, porque la ley de Justiniano lleva escrito al frente: "del orden de Sedes Patriarcales." Procedencia es una cosa, y el poder de jurisdicción es otra.

Por ejemplo: suponiendo que en Florencia se reuniese una asamblea de todos los obispos del reino, la procedencia se daría, naturalmente, al Primado de Florencia, así como entre los orientales se concedería al Patriarca de Constantinopla, y en Inglaterra al arzobispo de Cantorbery. Pero ni el primero, segundo, ni tercero, podrían aducir de la asignada posición una jurisdicción sobre sus compañeros.

La importancia de los obispos de Roma, procede, no de un poder divino, sino de la importancia de la ciudad donde está su Sede.

Monseñor Darboy no es superior en dignidad al arzobispo de Avignon; mas no obstante, París le da una consideración que no tendría, si en vez de tener su palacio en orillas del Sena, se hallase sobre el Ródano. Esto que es verdadero en la jerarquía religiosa, lo es también en materias civiles y políticas. El prefecto de Florencia no es más que un prefecto, como el de Pisa, pero civil y políticamente es de mayor importancia.

He dicho ya que desde los primeros siglos el Patriarca de Roma aspiraba al gobierno universal de la Iglesia. Desgraciadamente casi lo alcanzó, pero no consiguió ciertamente sus pretensiones, porque el emperador Teodosio II hizo una ley, por la cual estableció que el Patriarca de Constantinopla tuviese la misma autoridad que el de Roma. (Lec. cod. de sac. etc.).

Los padres del Concilio de Calcedonio, colocan a los obispos de la antigua y nueva Roma en la misma categoría en todas las cosas, aún en las eclesiásticas. (Can. 28).

El sexto Concilio de Cartago prohibió a todos los obispos se abrogasen el título de príncipe, de obispo de los obispos, u obispos soberanos.

En cuanto al título de Obispo Universal, que los Papas se abrogaron más tarde, San Gregorio I, creyendo que sus sucesores nunca pensarían adornarse con él, escribió estas palabras:

"Ninguno de mis predecesores ha consentido llevar ese título profano, porque cuando un Patriarca se abroga a sí mismo el nombre Universal, el título de Patriarca sufre descrédito. Lejos está, pues, de los cristianos el deseo de darse un título que cause descrédito a sus hermanos."

San Gregorio dirigió estas palabras a su colega de Constantinopla, que pretendía hacerse Primado de la Iglesia. El Papa Pelagio II llama a Juan, obispo de Constantinopla, que aspiraba al Sumo Pontificado, impío y profano.

"No se le importe, decía, el título de Universal que Juan ha usurpado ilegalmente, --que ninguno de los Patriarcas se abrogue este nombre profano-- porque ¿cuántas desgracias no debemos esperar, si entre los sacerdotes se suscitasen tales ambiciones? Alcanzarían lo que se tiene predicho de ellos: "El es rey de los hijos del orgullo". (Pelagio II, Cett. 13).

Estas autoridades, y podía citar cien más de igual valor, ¿no prueban con una claridad igual al resplandor del Sol en medio del día, que los primeros obispos de Roma no fueron reconocidos como obispos universales y cabezas de la Iglesia, sino hasta tiempos muy posteriores?

Y por otra parte, ¿quién no sabe que desde el año 325, en el cual se celebró el primer Concilio Ecuménico de Constantinopla, entre más de 1.100 obispos que asistieron a los primeros Concilios generales, no se hallaron presentes mas que diecinueve obispos de Occidente?

¿Quién ignora que los Concilios fueron convocados por emperadores, sin siquiera informarles de ello, y frecuentemente aún en oposición a los deseos del obispo de Roma? ¿O que Osio, obispo de Córdoba, presidió en el primer Concilio de Nicea, y redactó sus cánones? El mismo Osio presidiendo después el Concilio de Sárdica, excluyó al legado de Julio, obispo de Roma. No diré más, mis venerables hermanos, y pasaré a hablar del gran argumento a que se refirió anteriormente, para establecer el Primado del obispo de Roma.

Por la roca (piedra) sobre que la Santa Iglesia está edificada, entendéis que es Pedro; si esto fuera verdad, la disputa quedaría terminada, mas nuestros antepasados, y ciertamente debieron saber algo, no opinan sobre esto como nosotros.

San Cirilo, en su cuarto libro sobre la Trinidad, dice: "Creo que por la roca debéis entender la fe inmovible de los Apóstoles." San Olegario, obispo de Poitiers, en su segundo libro sobre la Trinidad, dice: "La roca (piedra) es la bendita y sola roca de la fe confesada por la boca de San Pedro"; y en el sexto libro de la Trinidad, dice: "Es sobre esta roca, de la confesión de fe, que la Iglesia está edificada". "Dios, dijo San Gerónimo en el sexto libro sobre San Mateo, ha fundado su Iglesia sobre esta roca, y es de esta roca que el Apóstol Pedro fue apellidado". De conformidad con él, San Crisóstomo dice en su homilía 55 sobre San Mateo: "Sobre esta roca edificaré mi Iglesia, es decir, sobre la fe de la confesión". Ahora bien, ¿cuál fue la confesión del Apóstol? Hela aquí:

"Tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente".

Ambrosio, el santo arzobispo de Milán, (sobre el segundo capítulo de la epístola a los Efesios). San Basilio de Salencia y los padres del Concilio de Calcedonia, enseñan precisamente la misma cosa.

Entre todos los doctores de la antigüedad cristiana, San Agustín ocupa uno de los primeros puestos por su sabiduría y santidad. Escuchad, pues, lo que escribe sobre la primera epístola de San Juan: "¿Qué significan las palabras edificaré mi Iglesia sobre esta roca? Sobre esta fe, sobre esto que dices, tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente."

En su tratado 124 sobre San Juan, encontramos esta muy significativa frase: "Sobre esta roca, que tu has confesado, edificaré mi Iglesia, puesto que Cristo mismo era la roca."

El gran obispo creía tan poco que la Iglesia fuese edificada sobre San Pedro, que dijo a su grey, en su sermón 13: "Tú eres Pedro, y sobre esta roca (piedra) que tú has confesado, sobre esta roca que tú has reconocido, diciendo: Tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente, edificaré mi Iglesia sobre mi mismo, que soy el hijo de Dios viviente, la edificaré sobre mi mismo y no sobre ti."

Lo que San Agustín enseñaba sobre este célebre pasaje, era la opinión de todo el mundo cristiano en sus días. Por consiguiente, reasumo y establezco:

1º. Que Jesús dio a sus Apóstoles el mismo poder que dio a Pedro.

2º. Que los Apóstoles nunca reconocieron en San Pedro al vicario de Jesucristo y al infalible doctor de la Iglesia.

3º. Que el mismo Pedro nunca pensó ser Papa, y nunca obró como si fuese Papa.

4º. Que los Concilios de los cuatro primeros siglos, mientras reconocían la alta posición que el obispo de Roma ocupaba en la Iglesia por motivo de Roma, tan sólo le otorgaron una preeminencia honorífica, nunca el poder y jurisdicción.

5º. Que los santos padres, en el famoso pasaje: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia", nunca entendieron que la Iglesia estaba edificada sobre Pedro (super Petrum), sino sobre la roca (super petram), es decir, sobre confesión de la fe del Apóstol.

Concluyo victoriosamente, conforme a la historia, la razón, la lógica, el buen sentido y la conciencia cristiana, que Jesucristo no dio supremacía alguna a San Pedro, y que los obispos de Roma no se constituyeron soberanos de la Iglesia, sino tan sólo confiscando uno por uno todos los derechos del episcopado. (Voces: silencio, insolente protestante, silencio).

¡No soy un protestante insolente! ¡No, mil veces no!

La historia no es católica, ni anglicana, ni calvinista, ni interna, ni arminiana, ni griega cismática, ni ultramontana. Es lo que es, es decir, algo más poderosa que todas las confesiones de fe, que todos los Cánones de los Concilios Ecuménicos.

¡Escribid contra ella, si osáis hacerlo!. Mas no podréis destruirla, como tampoco sacando un ladrillo del Coliseo podríais hacerle derribar.

Si he dicho algo que la historia pruebe ser falso, enseñádmelo con la historia; y, sin un momento de titubeo, haré la más honorable apología. Mas tened paciencia, y veréis que todavía no he dicho todo lo que quiero y puedo; y aún si la pira fúnebre me aguardase en la plaza de San Pedro, no callaría, porque me siento precisado a proseguir,

Monseñor Dupanloup, en sus célebres observaciones sobre este Concilio del Vaticano, ha dicho, y con razón, que si declaramos a Pío Nono infalible, deberemos necesariamente, y de lógica natural, vernos precisados a mantener que todos sus predecesores eran también infalibles. Pero, venerables hermanos, aquí la historia levanta su voz con autoridad asegurándonos que algunos Papas erraron. Podéis protestar contra esto, o negarlo, si así os place; mas yo lo probaré.

El Papa Víctor (192), primero aprobó el Montanismo, y después lo condenó.

Marcelino (296 a 303) era un idólatra. Entró en el templo de Vesta y ofreció incienso a la diosa. Diréis, quizá, que fue un acto de debilidad; pero contesto: un Vicario de Jesucristo, muere, mas no se hace apóstata.

Liborio (358) consintió en la condenación de Atanasio; después hizo profesión de Arrianismo, para lograr que se le revocase el destierro y se le restituyese su Sede.

Honorio (625) se adhirió al Monoteísmo; el padre Gratri lo ha probado hasta la evidencia.

Gregorio I (578 a 590) llama Antecristo a cualquiera que se diese el nombre de Obispo Universal; y, al contrario, Bonifacio III (607 a 608) persuadió al emperador parricida Phocas, a conferírsele dicho título.

Pascual II (1088 a 1099) y Eugenio III (1145 a 1153) autorizaron los desafíos; mientras que Julio II (1509) y Pío IV (1560) los prohibieron.

Eugenio IV (1431 a 1439) aprobó el Concilio de Basilea y la restitución del cáliz a la Iglesia de Bohemia, y Pío II (1458) revocó la concesión; Adriano II (867 a 872) declaró el matrimonio civil válido; pero Pío VII (1800 a 1823) lo condenó.

Sixto V (1585 a 1590) publicó una edición de la Biblia, y con una bula recomendó su lectura, mas Pío VII condenó su lectura. Clemente XIV (1700 a 1721) abolió la compañía de los Jesuitas, permitida por Pablo III, y Pío VII la restableció.

Mas ¿A qué buscar pruebas tan remotas? ¿No ha hecho otro tanto nuestro Santo Padre, que está presente aquí, en su bula dando reglas para este mismo Concilio, en el caso de que muriese mientras se halla reunido, revocando todo cuanto en tiempos pasados fuese contrario a ello, aún cuando procediese de las decisiones de sus predecesores? Y ciertamente; si Pío Nono ha hablado excathedra, no es cuando desde lo profundo de su sepulcro impone su voluntad sobre los soberanos de la Iglesia.

Nunca concluiría, mis venerables hermanos, si tratase de presentar a vuestra vista las contradicciones de los Papas en sus enseñanzas. Por lo tanto, si proclamáis la infalibilidad del Papa actual, tendréis que probar, o bien que los Papas nunca se contradijeron, lo que es imposible, o bien tendréis que declarar que el Espíritu Santo os ha revelado que la infalibilidad del Papado tan sólo fecha de 1870. ¿Sois bastante atrevidos para hacer esto?

Quizás los pueblos estén indiferentes y dejen pasar cuestiones teológicas que no entienden, y cuya importancia no ven; pero aún cuando sean indiferentes a los principios, no lo son en cuanto a los hechos.

Pues bien, no os engañéis a vosotros mismos. Si decretáis el dogma de la infalibilidad Papal, los protestantes, nuestros adversarios, montarán a la brecha, con tanta más bravura, puesto que tienen la historia de su lado; mientras que nosotros sólo tendremos nuestra negación que oponerles.

¿Qué les diremos cuando expongan a todos los obispos de Roma, desde los días de Lucas hasta Su Santidad Pío IX? ¡Ay! si todos hubiesen sido como Pío IX triunfaríamos en toda la línea; mas, ¡desgraciadamente no es así! (Gritos de ¡silencio, silencio, basta, basta!) ¡No gritéis, Monseñores! Temer a la historia es confesaros derrotados; y, además, aún si pudiéramos hacer correr toda el agua del Tíber sobre ella no podríais borrar ni una sola de sus páginas. Dejadme hablar y seré tan breve como sea posible en este importantísimo asunto.

El Papa Virgilio (538) compró el Papado de Belisario, teniente del emperador Justiniano. Es verdad que rompió su promesa, y nunca pagó por ello.

¿Es esta una manera canónica de ceñirse la tiara? El segundo Concilio de Calcedonia, lo condenó formalmente. En uno de sus cánones se lee: "El obispo que obtenga su episcopado por dinero lo perderá, y será degradado."

El Papa Eugenio III (1148) imitó a Virgilio. San Bernardo, la estrella brillante de su tiempo, reprendió al Papa, diciéndole: "¿podréis enseñarme en esta gran ciudad de Roma alguno que os hubiera recibido por Papa, sin haber primero recibido oro o plata por ello?"

Mis venerables hermanos ¿será el Papa que establezca un banco en las puertas del Templo inspirado del Espíritu Santo? ¿Tendrá derecho alguno de enseñar a la Iglesia la infalibilidad?

Conocéis la historia de Formoso demasiado bien, para que yo pueda añadir nada. Esteban VI hizo exhumar su cuerpo, vestido con ropas pontificales; hizo cortarle los dedos con que acostumbraba dar la bendición; y después lo hizo arrojar al Tíber, declarando que era un perjuro e ilegítimo. Entonces el pueblo aprisionó a Esteban, lo envenenó y le agarrotaron. Romano, sucesor de Esteban y tras él Juan X, rehabilitaron la memoria de Formoso.

Quizás me diréis, esas son fábulas, no historia. ¡Fábulas! Id, Monseñores, a la librería del Vaticano, y leed a Platina, el historiador del Papado, y los anales de Baronio. (A. D. 897.)

Estos son hechos que, por honor a la Santa Sede, desearíamos ignorar; cuando se trata de definir un dogma que podrá provocar un gran cisma en medio de nosotros, el amor que abrigamos hacia nuestra venerable madre la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, ¿deberá imponernos el silencio?, prosigo.

El erudito cardenal Baronio, hablando de la corte Papal, dice --(haced atención, mis venerables hermanos, a estas palabras)-- ¿Qué parecía la Iglesia Romana en aquellos tiempos? ¡Qué infamia! Solo los poderosísimos cortesanos gobernaban en Roma! Eran ellos los que daban, cambiaban y se tomaban obispados; y, ¡horrible es relatarlo! hacían a sus amantes, los falsos Papas, subir al Trono de San Pedro." (Baronio, A. D. 912.)

Me contestaréis, esos eran Papas falsos, no los verdaderos. Séalo así, mas en este caso, si por cincuenta años la Sede de Roma se hallaba ocupada por anti-Papas, ¿cómo podréis reunir el hilo de la sucesión Papal?

¡Pues qué! ¿ha podido la Iglesia existir, al menos por el término de un siglo y medio, sin cabeza hallándose acéfala? ¡Notad bien! La mayor parte de los anti-Papas se ven en el árbol genealógico del Papado; y seguramente deben ser éstos los que describe Baronio; porque aún Genebrado, el gran adulador de los Papas, se atrevió a decir en sus crónicas (A. D. 901.) "Este centenario ha sido desgraciado, pues, que por cerca de 150 años los Papas han caído de las virtudes de sus predecesores, y se han hecho Apóstatas más bien que Apóstoles".

Bien comprendo como el ilustre Baronio se avergonzaba al narrar los actos de esos obispos romanos. Hablando de Juan XI (931) hijo natural del Papa Sergio y de Marozia, escribió estas palabras en sus anales: "La Santa Iglesia, es decir la Romana, ha sido vilmente atropellada por un monstruo.

Juan XII (956) elegido Papa a la edad de diez y ocho años, mediante las influencias de cortesanos, no fue en nada mejor que su predecesor."

Me desagrada, mis venerables hermanos, tener que mover tanta suciedad. Me callo tocante a Alejandro VI, padre y amante de Lucrecia; doy la espalda a Juan XXII (1316) que negó la inmortalidad del alma, y que fue depuesto por el Santo Concilio Ecuménico de Constanza.

Algunos mantendrán que este Concilio fue solo privado. Séalo así; pero si le negáis toda clase de autoridad, deberéis mantener, como consecuencia lógica, que el nombramiento de Martín V, (1417) era ilegal. Entonces ¿en dónde va a parar la sucesión Papal? ¿Podréis hallar su hilo?

No hablo de los cismas que han deshonrado la Iglesia. En esos desgraciados tiempos la Sede de Roma se hallaba ocupada por dos, y a veces tres competidores. ¿Quién de éstos era el verdadero Papa?

Resumiendo una vez más, vuelvo a decir, que si decretáis la infalibilidad del actual obispo de Roma, deberéis establecer la infalibilidad de todos los anteriores, sin excluir a ninguno; mas ¿podréis hacer esto cuando la historia está allí probando, con una claridad igual a la del sol mismo, que los Papas han errado en sus enseñanzas? ¿podéis hacerlo y mantener que Papas avaros, incestuosos, homicidas, simoníacos, han sido Vicarios de Jesucristo? ¡Ah! ¡venerables hermanos! mantener tal enormidad sería hacer traición a Cristo peor que Judas, sería echarle suciedad a la cara. (Gritos: ¡abajo de la Cátedra! ¡pronto! ¡cerrad la boca del hereje!)

Mis venerables hermanos, estáis gritando; ¿pero no sería más digno pesar mis razones y mis palabras en la balanza del Santuario? Creedme: la historia no puede hacerse de nuevo; allí está y permanecerá por toda la eternidad, protestando enérgicamente contra el dogma de la infalibilidad Papal. Podréis declararla unánime, ¡pero faltará un voto, y ese será el mío!.

Los verdaderos fieles, Monseñores, tienen los ojos sobre nosotros, esperando de nosotros algún remedio para los innumerables males que deshonran a la Iglesia. ¿Desmentiréis sus esperanzas? ¿Cuál no será nuestra responsabilidad ante Dios, si dejamos pasar esta solemne ocasión que Dios nos ha dado para curar la verdadera fe?

Abracémosla, mis hermanos; armémonos con un ánimo Santo; hagamos un supremo y generoso esfuerzo; y volvamos a la doctrina de los Apóstoles, puesto que, fuera de ella, no hay más que errores, tinieblas y tradiciones falsas.

Aprovechémonos de nuestra razón e inteligencia, tomando a los Apóstoles y Profetas por nuestros únicos maestros en cuanto a la cuestión de las cuestiones. "¿Qué debo hacer para ser salvo?" Cuando hayamos decidido esto, habremos puesto el fundamento de nuestro sistema dogmático.

Firmes e inmóviles como la roca, constantes e incorruptibles en las divinamente inspiradas escrituras, llenos de confianza, diremos ante el mundo, y, como el Apóstol San Pablo en presencia de los libres pensadores, no reconoceremos "a nadie más que a Jesu-Cristo y el Crucificado." Conquistaremos, mediante la predicación del "martirio de la cruz," así como San Pablo conquistó a los sabios de Grecia y Roma, y la Iglesia Romana, tendrá su glorioso 98. (Gritos clamorosos: ¡bájate! ¡fuera con el protestante, el calvinista, el traidor de la Iglesia!)

Vuestros gritos, Monseñores, no me atemorizan. Si mis palabras son calurosas, mi cabeza está serena. Yo no soy de Lutero ni de Calvino, ni de Pablo ni de los Apóstoles, pero sí de Cristo. (Renovados gritos: ¡anatema! ¡apóstata!)

¡Anatema, Monseñores, anatema! Bien sabéis que no estáis protestando contra mí, sino contra los Santos Apóstoles, bajo cuya protección desearía que este Concilio colocase a la Iglesia. ¡Ah! si cubiertos con sus mortajas saliesen de sus tumbas ¿hablarían de una manera diferente a la mía?

¿Qué les diríais, cuando con sus escritos os dicen que el Papado se ha apartado del Evangelio del Hijo de Dios que ellos predicaron y confirmaron tan generosamente con su sangre? ¿Os atreveríais a decirles: Preferimos la doctrina de nuestros Papas, nuestros Bellarminos, nuestros Ignacios de Loyola a la vuestra? ¡No, mil veces no! a no ser que hayáis tapado vuestros oídos para no oír, cubierto vuestros ojos para no ver, y embotado vuestra mente para no comprender.

¡Ah! si el que reina arriba quiere castigarnos, haciendo caer pesadamente su mano sobre nosotros, como hizo a Faraón, no necesita permitir a los soldados de Garibaldi que nos arrojen de la ciudad Eterna; bastará con dejar que hagáis a Pío Nono un Dios, así como se ha hecho una diosa de la Bienaventurada Virgen.

Deteneos, deteneos, venerables hermanos, en el odioso y ridículo precipicio en que os habéis colocado. Salvad a la Iglesia del naufragio que la amenaza, buscando en las Sagradas Escrituras solamente la regla de fe que debemos creer y profesar. He dicho. Dígnese Dios asistirme.

(Estas últimas palabras fueron recibidas con signos de desaprobación semejantes a los de un teatro.)

Todos los padres se levantaron; muchos se fueron de la sala. Bastantes italianos, americanos y alemanes y algunos cuantos franceses e ingleses, rodearon al valiente orador, y con un apretón de manos fraternal, demostraron estar conformes con su manera de pensar.


En la sesión IX del concilio de Florencia del año 1106 se aprobó un proyecto que dice así: El Papa y los Cardenales, confesamos: que el Papa es Soberano Pontífice y Vicario de Jesucristo; el Pastor y el Doctor de todos los cristianos; que gobierna la Iglesia de Dios, salvo los privilegios y los derechos de los Patriarcas de Oriente.

Que le parece a S. S. ¿cabe alguna duda que lo expuesto por Strossmayer es la pura verdad? no, porque la Historia lo dice y si en el tal concilio se aprobó la infalibilidad de los Papas, fue por la fuerza numérica y orgullosa, no por la fuerza de la justa y sana razón, como en general ha sucedido en los demás concilios, de los que con gran pena de nuestra alma, nos vemos obligados a mencionar siquiera algunos.

El año 347 hubo un concilio en Milán en el que se condenó a Potino Obispo de Sinuum por negar la Trinidad, pues decía que Cristo era puro hombre que no existía antes de María; mas el pueblo se opuso y el concilio no pudo destituirlo.

Otro de Constantinopla del 448, condenó a Eutiques por decir que Jesucristo fue hombre y no Dios.

¿Donde cabe mayor escándalo que el habido en Constantinopla el año 553 para decir que son herejes los que dicen que el Verbo encarnó y se hizo hombre? fue tan grande que constó un cisma que duró cerca de 100 años. Francia y España no lo admitieron; tampoco admitían los concilios de Nicea, de Éfeso y de Calcedonia.

En otro concilio de Constantinopla en 1351 se aprobó la doctrina de Palamas en la que manifiesta que veía con sus ojos la esencia divina, mas se impuso silencio a los católicos obispos de Éfeso y Geno y se les despojó de todas las insignias sacerdotales.

El concilio general de Éfeso en 431 se anatematizó a Nestorio por haber dicho: nadie llamó a María madre de Dios, ésta era una mujer y no es posible que Dios nazca de una mujer. Sentencia firmada por 198 obispos.

No copiamos más en lo presente porque lo haremos según convenga a nuestro relato. Con el expuesto basta para probar que el catolicismo no es cristiano, ni nada practica del Cristo, desde el momento que sus prácticas todas son formas dogmáticas y en el cristianismo no cabe nada de uno ni de otro. Para más claridad haremos una corta reseña de donde ha sacado tal enredo valiéndose de lo histórico.

¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres, que ni vosotros entráis ni dejáis entrar a ellos.

¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas! que coméis las casas de las viudas y por pretexto hacéis larga oración. Por esto llevaréis más largo juicio.

Causa que formaron a Jesús para quitarle la vida.

Preguntando uno de los fariseos cual era el mandamiento más grande contestó Jesús: <<Amarás al Señor Dios tuyo con toda tu alma y toda tu mente>>.
Este es el primero y grande mandamiento. —El segundo semejante a éste: <<Amarás a tu prójimo como a ti mismo>>.
De estos dos mandamientos depende la ley y los profetas. (=2=)

Preguntaron ¿Cómo amaré a mi prójimo como a mis mismo? Haciendo con todos los hombres, como queráis que os hagan a vosotros. (=3=)

Así pues, la religión cristiana y divina es ésta, sin más fórmulas y embudos para matarla como está sucediendo desde que ésta concluyó por la muerte de los Apóstoles; y fue bastante para que tanto a él como a los que aceptaban tal doctrina les quitaran la vida. Sus palabras y sus hechos han sido tan comentados como ha convenido a los hijos de su Esposa después de haber adulterado como luego probaremos con las fecha en su mayoría, en que se cometieron los adulterios o fórmulas, haciéndolas dogmáticas y anatematizando, en principio, a los que no las cumplían y luego martirizando y quemando en vida al que les convenía, so pretexto de no cumplirlas a tantos millones de personas como nos cuenta la Historia.

Empecemos a analizar el Símbolo que le atribuyen a los Apóstoles. ¿Cómo es posible que Jesucristo fuera hijo único de Dios? en tal caso ¿Quién creó las almas de los demás hombres? Que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, y nació de María virgen. Hé aquí revocado lo dicho por Dios a la mujer en Génesis cap. 3º vrs. 16: Multiplicaré tus dolores y tus preñeces; con dolor parirás tus hijos y tu marido será tu deseo, y él se enseñoreará de ti. Luego María no pudo engendrar sin obra de varón, y por tanto, no pudo ser virgen desde el momento que concibió, so pena de que Dios perdiera el atributo de justo.-- ¿Quién miente aquí?

Pero en este momento tan oportuno llega a nuestras manos una publicación de S. S. Pío X titulada: "Mútuo propio". Uno de sus párrafos dice textualmente:

La igualdad de los varios miembros sociales es solo en cuanto todos los hombres tienen su origen en Dios Creador. Han sido todos redimidos por Jesucristo y deben ser todos juzgados, premiados o castigados según la medida exacta de sus méritos. <<Quod Apostalias numeris>>.

Luego reconoce que él, hijo único no fue y menos Dios mismo, puesto que fue igual a los hombres, como su madre igual a las demás mujeres. Si hubo y hay diferencia fue en la manera de cumplir la ley que nuestro Padre le había impuesto. Derecho y obligación que todos tenemos si queremos salir del destierro en que nos hallamos.

En punto aparte se dice: Creo en el Espíritu Santo, en la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana; en la comunión de los Santos; en el perdón de los pecados; en la resurrección de la carne y en la vida perdurable.

En el símbolo de Nicea se declara que éste fue compuesto por los Apóstoles. ¿Cómo es posible tal composición cuando los mismos Apóstoles declaran:

Mateo 12—31: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, mas la blasfemia contra el espíritu no será perdonada a los hombres.

Marcos 3—28: La blasfemia contra el espíritu no tiene jamás perdón.

Lucas 12—10: La blasfemia contra el espíritu no tiene jamás perdón. ¿Cómo pudieron los mismos Apóstoles creer en la Iglesia Romana si a la tal iglesia no se le conoció como tal hasta pasados 330 años después?

¡Ah! si aquellos gentiles, maestros de escuela, hubieran siquiera soñado que la Esposa del Señor había de llegar al adulterio tan descarado, seguramente no hubieran expuesto sus vidas para formarlas a pesar del amor que sentían por el Esposo.

Mandamientos de la ley de Dios.

Dicen que los mandamientos de la ley de Dios son diez y que se encierran en amar y servir a Dios y al prójimo como a nosotros mismos. ¿Para qué diez si dos solo bastan? Para mantener la mentira mosaica y matar la verdad pura del Esposo, pues de no ser así hubieran contestado uno, por ser imposible amar a Dios si ofendemos a uno solo de nuestros semejantes. Si los diez los dijo el Dios de Moisés, nada tenemos que ver los cristianos puesto que nuestro Dios no es aquel caprichoso que una vez dice "no matarás" y luego mata a tres mil en una sola noche, a traición, cuando dormían o mandó que los mataran entre su propia gente. Un Dios que manda robar, matar y asesinar; "un Dios que pone trabas a las leyes naturales"; "un Dios que necesita que hagan casas de oro, plata y cosas de todo valor"; "que necesita que sus servidores vistan con toda elegancia"; "que estén bien comidos y ebrios para luego quemarlos en su casa de oro y joyas"; "un Dios que necesita de ritos y oraciones"; "que los hombres le confiesen los pecados que cometen y le paguen además para que se le pida perdón por ellos"; "que se ve en la necesidad de ensuciar con aceite las personas y cosas que han de representar su culto para que no se les mate y robe"; no es nuestro Dios ni del Cristo.

Nuestro Dios y del Cristo no es caprichoso, es absoluto en todas sus leyes y liberal para que sean cumplidas a voluntad de cada uno, haciéndose inmutable para más amplitud del liberalismo; por eso le basta cumplir un solo mandato al verdadero cristiano sin fórmula de ninguna especie.

Mateo 28—19 y 20: Id y doctrinad a los gentiles enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado. ¿Cuál fue el mandato? El nuevo pacto ¿en qué consistía? En amar al prójimo como a mi mismo y cuando el individuo en su conciencia hace tal promesa por propia voluntad penetra su alma en la sociedad cristiana universal, y es asistida por sus consocios según el uso que haga de la ley. Este es el bautismo establecido por el Cristo, no el de agua al estilo actual para obligar a los hombres a que sean hijos de la adúltera.

EUCARISTÍA

Desde que los hebreos salieron de Egipto, tuvieron la costumbre de celebrar la noche del suceso comiendo el cordero cual aquella noche lo hicieron; coincidió aquel año el que Jesús era perseguido a muerte y sabía que había de ser preso de un momento a otro ¿qué cosa más natural que reunir a sus hermanos de doctrina, para despedirse de ellos y encarecerles la observancia de la ley por la que le quitaban la vida? ¿Acaso los hombres del día cuando pensamos marchar a un viaje largo y por largo tiempo no nos despedimos de nuestras familias y amigos? Pues con más razón él, que no contaba con los primeros por odiarle por sus locuras, según ellos. Le era preciso continuar la obra con toda humildad para dar el ejemplo de lo que debían obrar sus secundadores, por eso lavó los pies a los demás después de haber comido en el mismo plato y bebido en la misma copa; encargándoles que cuando como recuerdo quisieran ellos celebrarlo fuera después de cumplir la ley, pues si lo hacían sin tales requisitos cometían falta de gravedad.

Esto ha dado origen a que fanáticos orgullosos se hayan creído con poderes divinos para obligar a todo el género humano a que nadie vea más que ellos ven, ni comprendan lo que para ellos es incomprensible como lo vamos a probar en diferentes concilios.

Concilio general de Nicea año 325:

Dice que se juntó para apaciguar las turbaciones por la herejía de Arrio. En la primera sesión se taparon los oídos los Obispos y anatematizaron a Arrio, por decir que Cristo era sacado de la nada; que no siempre había existido; que era capaz por su libertad de la virtud y del vicio; que era obra de Dios. En cambio el concilio declaró que Jesucristo era verdadero hijo de Dios igual a su Padre, su virtud y su imagen subsistente en él y verdadero Dios como Él, y para precaver todas las sutilezas de los Arrianos, juzgó el concilio deber expresar por el término consubstancial que adoptó hablando del hijo de Dios todo lo que las Sagradas Escrituras nos dicen hablando de Jesucristo y esto para demostrar la unidad, indivisible de naturaleza. (=4=)
Esta declaración fue firmada por todos los obispos menos 17 que estaban por lo dicho por Arrio.

Después se formó la profesión de fe, conocida luego por símbolo de Nicea con los 14 artículos de la fe. Aquí nos cabe hacer dos preguntas de precisión:

1ª— Si Cristo era verdadero hijo de dios igual a su Padre, su virtud, su imagen subsistente en él y verdadero Dios como El.

¿Como se atrevían los católicos y enseñar a los párvulos que Dios está en todas partes; que no tiene forma y que por lo tanto no es visible?

Así lo explica un compendio de doctrina cristiana como encontramos un opúsculo de Fray Lorenzo Tandí en que se obliga a hablar con Dios todos los días a los que han entrado en el estado religioso. Todo demuestra el gran desprecio que hacen los hijos de la adúltera de sus semejantes desde la unión del Antecristo (=5=) a ella y más si cabe, a la unión del manso cordero (=6=) cuando decía: Yo estoy sentada Reina; no soy viuda y no veré llanto. Parece que en la actualidad van perdiendo tanto el orgullo que quieren que vuelva a todo trance el Esposo, pero es imposible, debe pasar por la pena del Talión.....Debe recibir doblado todo lo que dio, cual está decretado.

2ª— ¿Dónde estuvo el catolicismo desde los años 476 hasta el 800? Porque en todo este tiempo no hubo católicos en España, Italia, Francia ni África. Los que no eran Arrianos eran idólatras.

Otra pregunta más: ¿Cuál fue la causa de que desde el año 51 al 345, no hubo concilios en Jerusalén? El que no había catolicismo. El dogma católico se estableció en el concilio de Letrán el 649. ¿A qué escándalos dio lugar en aquellos hermosos tiempos? A los más depravados. ¡Pícara historia que no sabe callar! y a nosotros nos da pena el copiarte.

En otro concilio de Letrán del año 1215 se dice: que no hay más que un sólo Dios que desde el principio hizo de la nada a una y otra criatura; el espiritual y corporal y también los demonios los que había criado buenos y se han hecho malos.

Para aceptar el viejo testamento se dice que éste es del mismo Dios quien ha dado a los hombres la doctrina establecida por Moisés y los demás profetas y después ha hecho nacer a su hijo de la entrañas de la Virgen María para que nos mostrara más claramente el camino de la vida y el concilio añade: no hay más que una Iglesia Universal fuera de la cual nadie se salva, no hay más sacrificio que el de la misma, el mismo Jesucristo es en él; el sacerdote y la víctima; su cuerpo y su sangre están convertidos verdaderamente en el sacramento del altar, cambiándose el pan en la sustancia de su cuerpo y el vino en la de su sangre por su poder divino y este sacramento no puede hacerse sino por un sacerdote ordenado legítimamente en virtud del poder de la iglesia concedido por Jesucristo a sus Apóstoles y a sus sucesores.

En el concilio de Pisa del año 1409 en su segunda sesión que trataba sobre la procesión del Espíritu Santo y haciendo uso del libro de los Jueces se dice al concilio: <<Veos aquí, o hijos de Israel; ved lo que tenéis que hacer........>>.

Si el viejo testamento agrada tanto a la adúltera, ¿porque ha perseguido y persigue tanto a los Hebreos? Por el vicio de hacer lo contrario al Esposo, puesto le espanta todo lo que tenga visos de verdad.

El tercer canon pronuncia anatema contra todas las herejías contrarias a la exposición de fe antecedente con cualquier nombre que tengan.

¿Cabe adulterio más grande que dejar de practicar lo que el Esposo manda y recoger lo que él había tirado?

Este mismo concilio ordena que los penitentes no pueden ser confesados por otro confesor que el de su parroquia. ¿Con qué objeto? Con el mismo que Moisés tuvo para establecer la confesión, el de saber los secretos de los demás para que el clero pueda hacer y deshacer a su capricho su voluntad sobre vida y haciendas sirviéndole de pantalla Dios y el Cristo (=7=).

El año 1068 entró por primera vez el rito Romano en España en lugar del Mozárabe, empezando por el convento de Leide, siendo rey de Aragón, Sancho Ramírez.

En el concilio de Florencia del año 1106, se estableció que las almas de los difuntos que van al purgatorio son aliviadas sus penas con sufragios de los fieles vivos como son: misas, limosnas y demás obras de piedad.

En el concilio de Frisinga año 1440 prohíbe decir misas sin luces.

En el concilio de Germania del año 742 se trató de buscar los medios de restablecer la ley de Dios y no se halló medio para ello.

En el concilio de Gerona año 1517, se estableció la letanía, se mandó que la misa fuera igual en todas partes y que las horas canónicas se terminen con el Pater Noster.

En el concilio de Francfort del año 704, se condenó a Filipando de Toledo y a Félix de Urgel, sobre la adoptación que hacían al hijo de Dios y se trató de la cuestión de las imágenes, sobre su adoración, donde está escrito: que cualquiera que no rinda culto a las imágenes de los Santos y adoración como a la Trinidad se tendría por anatema.

Compárese y dígase luego quienes son los herejes puesto que en la primera de los Corintios capítulo 5º, versículo 9 y 10 se lee: <<Os he escrito por carta que no os envolváis con los fornicarios>>.
<<No solamente con los fornicarios de este mundo; o con los avaros; o con los ladrones; o con los idólatras, porque en tal caso os sería menester salir del mundo>>.

Para nuestro modo de ver, los verdaderos herejes son los que tiran la ley de Dios y de Cristo. Desde el momento que Cristo tiró los ídolos e imágenes, son herejes los que las adoran y por lo tanto anticristianos.

En el concilio de Constantinopla del año 754, se anatematizó a todos los seglares que tuvieran en su casa imágenes de ninguna clase de Santos y a los clericales se les mandó que las echasen de las iglesias y el que las adorase —sea anatema— y se le deponga de sus empleos. Y se le dieron las gracias al emperador por haber quitado la idolatría.

En el concilio de Roma del año 332, se ordenó que cualquiera que despreciara el uso de la Iglesia sobre la veneración de las imágenes; que las quitara; las destruyere; las profanara o hablara de ellas con desprecio será privado del cuerpo y sangre de Jesucristo y separado de la Iglesia. Este decreto fue firmado por todos los que asistieron al concilio.

En otro de Roma del 769, se condenó a penitencia perpetua al falso papa Constantino y se quemaron las actas de su concilio que había confirmado su elección.

Concilio de Frióul del año 796, se discutió si el Espíritu Santo procede del Padre o del Hijo, pues unos opinaban que solo procede del Padre y otros dividían a Jesucristo en dos: unos natural y otros adoptivo.

En concilio de Peñafiel en 1302, se trató sobre el concubinage del clero, se ordenó además que se cantara todos los días el Salve Regina; se ordenó que los clérigos fabricasen por sí mismos el pan de la Eucaristía; también se ordenó pagar los diezmos y primicias para reconocer con esto el soberano dominio de Dios.

En el concilio de París del año 1429, se ordena a los curas que exhorten a los feligreses a que se confiesen 4 veces al año.

En otro concilio de París del 1528, se declara que la Iglesia no puede caer en ningún error sobre la fe y las costumbres, siendo la columna y el apoyo de la verdad; que es una santa infalible, dedectible y visible; y que está representada por los concilios generales; que tiene poder para decidir los artículos de fe, a la extirpación de las herejías y de las costumbres; que las tradiciones apostólicas son ciertas y necesarias (=8=); que los que no ayunan sean anatematizados; que el celibato de los presbíteros está ordenado por la Iglesia Latina. Ordenado en tiempos de los apóstoles (=9=); que los votos son de obligación; que los que niegan que los sacerdotes no tienen la gracia deben ser tratados herejes; que el sacramento de la misa está apoyado en la eucaristía, en particular en <<San Lucas, capítulo 22>> y que había predicho Malaquías; que después del bautismo pueden ser los pecadores deudores y obligados a purgar en el otro mundo. Es práctica saludable el sacrificio de la misa para los difuntos (=10=); que el culto de las imágenes no es idolatría. ¿Acaso no es un ídolo ese crucifijo que en general, lleváis colgado por todas partes, mofándoos del que fue crucificado? ¿y la custodia no es otro ídolo que habéis fabricado en el siglo XII y lo hacéis adorar como a tal Dios? ¿Para qué lo habéis hecho? Para atraer las almas hacia vuestro ídolo y que nunca puedan dirigirse a la realidad, al sol central, que es lo que representa vuestro ídolo o imagen; que el libre albedrío que todo el mundo goza no concluye la gracia...

Puesto que comprendéis que tenemos todos libre albedrío para cumplir cuando sea nuestra voluntad y que Dios tiene el atributo de justo, ¿qué embustería es esa de la gracia que tanto hacéis alarde? El que quiera obtenerla cumpla la ley divina y cristiana y la tendrá tan grande como sea su cumplimiento sin la más pequeña diferencia.

En un concilio de Burdeos del año 384 se le quitó el obispado a Instancio y se condenó a muerte a Prusiliano por herejes y a algunos de sus sectarios.

En otro concilio de Narbona el año 1235, sobre la penitencia que debían imponer a los herejes y a sus factores, se ordena que todos los domingos les obligue a ir a la iglesia llevando unas cruces en sus vestidos y a presentarse al cura entre la epístola y el evangelio; que tendrán unas varas con las que recibirán la disciplina y lo mismo harán en todas las procesiones, etc. Los herejes que no hayan acudido a delatarse en su tiempo de gracia, o que se hayan hecho de cualquier otra forma indignos de indulgencia, deben ser encerrados para siempre, etc., etc.; compárese con lo que dice Mateo, capítulo 10, vers. 14: <<Cualquiera casa o ciudad que no os recibiere, ni oyera vuestras palabras, salid de ella y sacudid el polvo de vuestros pies>>. El resultado de la comparación es que en Mateo se cumple la ley de Dios y el tal concilio cumple la ley del ladrón, pues roba el libre albedrío.

En el concilio de Roma 721, se anatematizó a los matrimonios ilegítimos con mujeres consagradas a Dios, se anatematizó al que se casara con mujer cuyo marido se hubiera ordenado de sacerdote, igualmente se condena al que se case con una diaconisa, con una religiosa, con su madre, la mujer de su hermano, su sobrina, la mujer de su padre o de su hijo, su prima, su parienta o su aliada y al que haya robado una viuda o doncella, etc. Veamos un trozo de la tarifa cancelaria del papa Juan XXII: Edit. Tinsainte denis. París, 1520.

Por la absolución del que hubiese poseído una mujer en una Iglesia y cometido otros desmanes ......

6 grs.

Por la absolución de un clérigo concubinario con dispensa de la irregularidad (Y esto a pesar de las constituciones provinciales y sinodales) ......

7 grs.

Por la absolución del que hubiese cometido incesto con su madre, su hermana, o cualquiera otra mujer que fuere su pariente por sangre o por alianza, o bien con su madrina ...

5 grs.

Por la absolución del que hubiese seducido a una virgen ......

6 grs.

Por la absolución de un perjuro ......

6 grs.

Por la absolución del que hubiese muerto a su padre, a su madre o hermano, o a pariente laico (Si hay algún pariente clérigo entre los asesinados, deberá el matador ir a Roma a visitar la Sede Apostólica.) ......

5 a 7 grs.

Por la absolución de un marido por haber apaleado a su mujer, si la hubiese hecho abortar a consecuencia de la paliza ......

6 grs.

Por la absolución de la mujer que con el auxilio de un berbajo o de cualquier otra cosa hubiese muerto al hijo que llevaba en su seno ......

6 grs.

Nota. Si el que hubiere empleado las maniobras antedichas fuese un clérigo y hubiese muerto el hijo en el seno de la madre, se tratará como si hubiese muerto a un laico con dispensa ......

8 grs.

No continuamos por el momento por asco que nos da el revolver tanta inmundicia, pues no otra cosa hemos podido hallar revolviendo lo que otros llaman Historia Sagrada. Ni el más pequeño relato hemos podido recoger fuera de las dos maneras de orar para poder apreciar un hecho de verdad. Esto no obstante no rebajará nuestro deseo de descubrir lo tapado y aclarar lo enturbiado. Si con lo expuesto no ve bastante claro S.S. añadamos uno más.

En el concilio de Trento sobre lo mucho que nos repugna su lectura por el gran empeño que manifiesta de embaucar a las gentes hallamos la malicia más refinada en su sesión XIII, con estas terribles palabras que dice del apóstol tratando de la Eucaristía: <<Cualquiera que lo come y lo bebe indignamente, come y bebe su propia condenación; que el que quiera comulgar debe considerar bien este precepto; el hombre se ha de probar a sí mismo y que esta prueba consiste en no llegar a la Sagrada Eucaristía sin que proceda la confesión sacramental>>.

No cabe mayor absurdo. ¿No dijo que aquel pan y aquel vino era la conmemoración del nuevo pacto y que los mandamientos de Moisés están encerrados en dos: En amar a Dios y al prójimo? Luego la confesión como todo lo Mosaico quedó excluido del nuevo pacto, pues consiste en que el verdadero cristiano no acepta doctrina ni fórmula alguna de ninguna clase de religión que no esté dentro de la ley divina y peca mortalmente quien en su nombre coma el pan y beba el vino sin haber amado al prójimo como a sí mismo.

Es un gran empeño el de la adúltera, o sea, sus hijos, ser perdonadores de pecados en nombre de Dios y el Cristo sabiendo que aquellos son la esencia de lo justo.

Suponemos que con lo expuesto bastará para que vuestra S.S. comprenda que podemos presentar miles de datos más, como comprobantes de que el catolicismo es gentílico y mosaico pero en cuanto a deísta y a cristiano en verdad nada. Y puesto que S. S. se propone seguir el camino marcado por su antecesor León XIII en la Encíclica del 1º de Noviembre de 1900, vea como reconoce aquél que el catolicismo no es la Iglesia de Jesucristo, pues dice, aunque del modo que pudo por la gran vigilancia que sobre él ejercían sus custodios, que Cristo nos dejó el camino marcado con su ley y hablando de la unión de la iglesia dice:

<<Vuelva a revivir en la sociedad el Espíritu cristiano, no se ponga obstáculos a su bienhechora influencia y se tendrá mejorada la sociedad>>. En su conclusión dice, que ruega encarecidamente a cuantos se precien del nombre de cristianos que cada cual con la medida de sus fuerzas trabaje para que su Divino Redentor sea conocido, porque es imposible que quien le contemple con serenidad de intención y recto juicio no vea claramente que nada hay más saludable que su ley y más divino que sus doctrinas y añade: <<En este particular, venerables hermanos; de cuanto provecho y eficacia será vuestra autoridad y vuestro celo así como del clero en general. Considerad como una de nuestras obligaciones el grabar en las almas de las gentes el verdadero conocimiento y la fiel imagen de Jesucristo y dar a conocer su caridad, sus beneficios, su doctrina y sus obras, de palabra y por escrito, en las escuelas y colegios, desde el púlpito y en todas formas y ocasiones que se ofrezcan. Bastante han oído hablar los pueblos de los derechos del hombre; oigan ya hablar de los derechos de Dios>>.

¿Quién puede dudar con los párrafos expuestos, que León XIII comprendió que los católicos no son cristianos? Solo los espíritus obcecados por el orgullo y egoísmo, desde el momento que su recomendación se dirige a los que se precien de cristianos y luego dice: que el clero también puede ser útil. A nosotros, nos consta, que si al escribir tal Encíclica hubiera contado veinte años menos, su declaración hubiera sido públicamente más completa, pues como privado solo pueden decirlo los que se encargaron de cumplir su última voluntad. Dicho que por desgracia de ellos, llegará tarde.

Dice su Santidad: si se nos pide una profesión que exprese el fondo de nuestra alma, ésta únicamente les daremos: Restaurar todas las cosas en Cristo; y como la palabra restaurar significa recuperar o recobrar, o volver las cosas en el mismo estado que estaban, lo que encontramos imposible con la dirección que para la educación de los novicios manda dar a los obispos.

En esta restauración demuestra comprender que la Esposa del Señor salió del cristianismo verdad. Para volver a él es indispensable empezar por devolver la corona al rey de Italia de donde procede, prestar obediencia a las leyes civiles como hombre que sois y por ningún concepto meterse en la cuestión social humana. Siendo las leyes hechas por los mismos hombres solo a ellos corresponde su ejecución. Al verdadero representante de Cristo le incumbe el estudio y comprensión de la filosofía y teología natural, que se profundizan con meditaciones profundas y se consiguen tan grandes conocimientos para el alma como grande sea el cumplimiento que se haga de la ley de Dios y del Cristo.

Por medio de estos estudios debe saber el hombre: quién es, de dónde procede su alma, por qué está aquí en la tierra, qué debe practicar para salir de ella y a dónde debe marchar.

Como quiera que todos los estudios filosóficos naturales han de servir exclusivamente para la ilustración espiritual solo deben aceptarse los que estén dentro de los atributos que toda filosofía natural concede al Creador Universal que el verdadero cristianismo reconoce con los nombres de Amor, Paz, Caridad, Bondad, Misericordia, Justicia e Inmutabilidad. Bajo esta incumbencia no caben fórmulas ni dogmas absurdos materiales, ni menos permitir que sus semejantes le besen los pies. Solo cabe la religión divina que dice: <<No hagas a otro lo que no quieras que hagan contigo>>. Así debieron comprenderlo once obispos y cuatro arzobispos que en hoja dominical de 1899, diócesis de Barcelona, dicen: <<Es imposible amar a Dios sin amar al prójimo>>.

Las mismas entidades dicen en otras hojas que la mayor ofensa que podemos hacer a Dios es adorar ídolos y que el perdón de pecados no llega con solo confesarlos, ni por mucha fe que se tenga en Jesucristo. Solo llega el perdón con el cumplimiento de la ley de Dios.

Por tanto declaramos en nombre de nuestros defendidos que no es posible que la esposa adúltera vuelva al Esposo honrado sin dejar las suciedades todas que ha recogido desde su primer adulterio y mucho menos habiendo dado lugar a celebrarse las bodas del cordero y dado vuelta a la llave en las que solo han cabido los limpios de corazón.

PARA CONCLUIR

En uno de los párrafos de su discurso en el consistorio que han llegado hasta nosotros leemos:

En efecto, la norma sagrada e inviolable del Pontificado Romano consiste en aprobar y proteger la verdad, la justicia y el bien, castigando y anatematizando el error; pero también es cierto, que dicha regla aconseja dispensar a los pecadores la misericordia y el perdón siguiendo el ejemplo de nuestro fundador que rogaba por los transgresores de la ley. No lo podemos comprender así:

1º— Porque si el Pontificado Romano tiene poder para anatematizar se declara judío y por lo tanto indigno de decirse cristiano.

2º— Si tiene poder para perdonar pertenece al Dios de Moisés, o sea, de Israel, nunca al Dios Creador Universal que posee el atributo de justo e inmutable y por lo tanto apreciamos tan útil vuestro perdón como el anatema con todas sus maldiciones y todas vuestras bendiciones todo tiene el mismo poder fatal. No tardará S. S. en verlo, pues la edad lo arrastra a dar cuenta de sus actos a la justicia infalible.

De S. S. seguro S. S. Q. S. M. B.
El Jesuita Blanco
hoy Pedro Continuador de la Obra de Jesús

Barcelona, 1906

Abaixadors, 10- 3º- 1ª y
Valencia, 556. —SAN MARTÍN.

Imprenta Calle de la Paja, 5 - Barcelona.

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Notas a pie de página del opúsculo:
Papa Pío X - Cartas del Jesuita Blanco a S.S. Pío X

=1=
La Masonería.

=2=
Mateo 22—37 a 39.

=3=
Lucas 6—31.

=4=
¡Y no se avergonzaron!

=5=
Constantino.

=6=
Inquisición.

=7=
Si alguna duda queda véase el Código de la Inquisición.

=8=
La primera parte de esta tradición apostólica es la ley de Dios y de Cristo; Verdad y religión única que no cumple el catolicismo.

=9=
Pero ellos ni lo dijeron ni lo cumplieron, puesto que eran casados y tenían hijos.

=10=
Según éstos será Josué como Dios mosaico, en cuanto al Dios de justicia imposible.

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